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viernes, abril 12, 2024

Tu sufrimiento es mi sufrimiento

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Uriel Escobar Barrios
Columnista

El domingo 2 de junio del 2019, el país se despertó horrorizado por la noticia de la tortura y el asesinato de una niña de 11 años en el puerto de Buenaventura. Los mensajes de solidaridad con el sufrimiento que experimentan familiares, compañeros de colegio, conocidos y los habitantes de esa ciudad se siguen manifestando a través de diferentes medios, y proyectos de ley sobre cadena perpetua e inclusive la pena de muerte para violadores y asesinos de niños se han retomado. Quiero analizar este trágico suceso desde el punto de vista de las neurociencias y de la psicología, sobre todo el último aspecto relacionado con el rechazo y las manifestaciones de solidaridad que se han dado no solo en Buenaventura, sino en otras regiones del país.

Al Buda que vivió hace más de 2500 años se le atribuye la siguiente reflexión: “Donde quiera que haya un ser viviente en sufrimiento, también sufre mi alma”. A través de sus enseñanzas, él invitaba a las personas a vivir de una manera compasiva, amorosa y solidaria con los semejantes. Muchos años después, la investigación científica a través del desarrollo de las neurociencias ha tratado de responder esta pregunta fundamental: ¿existe en la estructura cerebral del ser humano algunos centros o circuitos que promuevan la compasión y la solidaridad interhumana? En 1996, el neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolatti describió las neuronas especulares o las neuronas en espejo, que “se activan” cuando el sujeto observa el comportamiento de otra persona y le provocan una reacción similar; en ese sentido, si el observado demuestra afecto, eso se experimenta, si da señales de dolor, ¡esa también será su experiencia!

Rizzolatti encontró que estas neuronas están principalmente en el área de Broca (parte del cerebro ubicada en la tercera circunvolución frontal del hemisferio izquierdo, que está relacionada con la producción del lenguaje) y en la corteza parietal posterior. Otro hallazgo muy interesante es que estas células no solo reflejan lo que ven, sino que por su conexión con el sistema límbico también detectan aspectos emocionales de la otra persona.

Este revolucionario descubrimiento prueba que la compasión tiene unas importantes bases neurobiológicas que sin duda están relacionadas con el largo proceso evolutivo de la especie. Es la solidaridad y hacer todo lo posible por evitar el sufrimiento del otro, lo que va a garantizar nuestra supervivencia. Lo dijeron Buda, Jesús y otros seres iluminados, y ahora la ciencia encuentra esa profunda conexión. Los seres humanos nos necesitamos y el reto es aceptarnos en la diferencia.

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