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jueves, mayo 23, 2024

Tricentenario kantiano. Biografía testimonial (II)

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Algo inusitado sucedió ese 12 de febrero de 1804: la fría ciudad de Königsberg se vistió de luto y salió a acompañar el féretro de su ilustre hijo: Immanuel Kant. Federico Guillermo III, a pesar de su ignorancia y mediocridad, lamentó la muerte del afamado filósofo. Irónicamente y por razones geopolíticas, Königsberg hoy día, pertenece a Rusia y se llama Kaliningrado. Rusia fue enemiga del imperio prusiano y nuestro pensador, con su rigurosa lógica argumentativa y su sensibilidad libertaria, fue testigo e intérprete de excepción de la Guerra de los Siete años (1756) y la Paz de Westfalia (1763), acontecimientos que incidieron en su espíritu pacifista. Kant presenció cuatro cambios de reinados en la vieja Austria que impactaron su ciudad, culta y académica por excelencia y contribuyeron a la agudeza y brillantez de su análisis crítico y político y su abisal y magistral sabiduría.

Los giros políticos de aquella época enmarcaron las cuatro etapas de su vida: Federico Guillermo I (juventud y estudio), Federico II el Grande (madurez filosófica), Federico Guillermo II (fama y persecución) y Federico Guillermo III (vejez tranquila y austera). Kuno Fischer, uno de sus biógrafos, señala cómo la educación de los grandes filósofos modernos fue confiada a poderes que más tarde ellos combatirían con ardentía: Francis Bacon fue educado por escolásticos; Renato Descartes por jesuitas; Baruch Spinoza por rabinos, y Manuel Kant por pietistas”. El Pietismo, doctrina mística en furor por aquellos días y apóstata del luteranismo, influyó en la debilidad de su carácter, sus miedos ancestrales y su acentuada fobia social. Poco se sabe de su vida privada, austera, silenciosa y solitaria presa de la admiración y el respeto que despertaba.

La ciudad universitaria por antonomasia, prodigaba respeto y gratitud por el “solitario de Königsberg”, ser enfermizo y achacoso que deambulaba por los pasillos y claustros de su amada “Scholae”. Algunos hagiógrafos han hecho una contrastación entre su vida juvenil llena de recato y mansedumbre y los años adolescentes, febriles y turbulentos de René Descartes. De igual manera, con las vidas de Francis Bacon (“El canciller”) y Godofredo Leibniz, amigos del fausto, la opulencia y el vano reconocimiento. A sus discípulos, más tarde sus biógrafos y amanuenses, el maestro les prohibió taxativamente hablar de su vida privada (“El elogio provoca la censura”). Sólo podrían hacerlo, bajo juramento y post mortem, pactos que nos recuerdan algunos pasajes de los protocolos estoicos y pitagóricos (“En las tinieblas, la imaginación trabaja más activamente que en plena luz”).

El legado kantiano se condensa en “las tres críticas”, sus obras magnas (la crítica de la razón pura, del juicio y de la razón práctica). Los límites a la libertad individual que impiden llegar al libertinaje social; el desarrollo de una teoría del deber; el uso externo e interno del libre arbitrio (derecho y legislación), son parte de su inmenso legado ético, jurídico y filosófico. “El derecho es el conjunto de condiciones que permiten que la libertad de cada uno se acomode a la libertad de todos”, afirmaba. Los principios de legalidad y convivencia social expresados en su famoso “imperativo categórico”, fueron formulados en la “Crítica de la razón práctica” (1788) y en “La metafísica de las costumbres” (1797): “Actúa de tal manera que la máxima de tu voluntad siempre y a la vez pueda valer como una legislación general… Actúa de tal modo que cada acto tuyo sea digno de convertirse en un recuerdo”. 

gonzalohugova@hotmail.com                  

 

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