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viernes, mayo 24, 2024

Tricentenario kantiano. Biografía testimonial (I)

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Europa está celebrando los 300 años del nacimiento y los 220 de la muerte de Immanuel Kant, el sepulturero del mundo dogmático medieval y el único prusiano que comprendió el legado humanista de la Revolución Francesa y las nuevas teorías políticas inglesas que le antecedieron: respeto por los derechos del hombre, igualdad ante la ley, liberación intelectual y moral a través del saber (“Sapere aude”, “Ten el valor de servirte de tu propia razón”), principios que sellaron indeleblemente el movimiento de la Ilustración (“Iluminismo alemán”) y fundamentaron el Estado de Derecho y la política contemporánea. Sólo hasta sus 44 años logró el sueño obsesivo que lo acompañó a lo largo de su trémula y edípica adolescencia y su madurez claustro–maníaca: ser profesor universitario. A los 62 años (1786), fue nombrado rector ilustre de su amada universidad, fundada 242 años antes…

Sus disertaciones como profesor de filosofía eran profundas, sencillas y amenas. Advertía a sus estudiantes que a su clase no se venía a aprender filosofía, sólo a filosofar. ¿Qué pensaría Kant de las soberbias cátedras magistrales y los ejercicios mnemotécnicos que algunos profesores ígnaros y estultos, invocando su nombre y desconociendo su doctrina, ostentosamente pregonan? Todo lector interesado en conocer el pensamiento del “genio ilustrado”, tiene que pasar por el prólogo a la primera edición de su obra cumbre intitulada “Crítica de la Razón Pura” (1781): “Es la época de la crítica a la que todo debe someterse. La religión por su sacralidad y las leyes por su majestad, pretenden sustraerse a ella. Pronto despiertan la justa sospecha contra sí mismas y no pueden exigir atención plena, que la razón sólo concederá a quien puede soportar su libre, crítico y público examen” …

Muy pocos han sabido y han querido comprender realmente a Kant. Sus coterráneos: Hegel, Schelling y Fichte, lo cuestionaron ácidamente y lo eclipsaron; La filosofía analítica anglosajona prácticamente lo desconoció y le ha negado su ascendencia sobre la tradición filosófica occidental. De Immanuel Kant no se volvió a hablar por el desfile rutilante de innumerables corrientes filosóficas a lo largo del siglo XIX y la primera mitad de la XX centuria. En 1965, el político estadounidense Arthur Lieber, en su libro “Kant y sus epígonos”, lo reivindicaba al concluir cada uno de sus capítulos con el siguiente estribillo: “Luego hay que volver a Kant”. Fue así como surgió el Neokantismo, promovido por el filósofo judío Hermann Cohen quien, con otros, entre ellos, Ernest Cassirer y Nicolai Hartmann, lograron pulir, sellar y darle brillo y esplendor al sistema filosófico kantiano. 

Su frágil figura, una débil voluntad y mala memoria, desdicen la ascendencia celta y su recia presencia formadora, en aquella ciudad teutónica. Ese estudiante mediocre detestaba en un inicio lo que serían más tarde sus pasiones entrañables: la Filosofía y las Matemáticas. Sólo el auto–aprendizaje, lejos de las abúlicas monsergas de la odiosa escuela; el estudio del griego y el latín; la lectura de los clásicos (Los poemas de Tito Lucrecio Caro, entre ellos); los estudios sobre Isaac Newton; las pláticas filosóficas con sus maestros en el alma máter y su fobia hacia los tediosos y dogmáticos estudios de Teología, destino cruel e inexorable en la formación humanista de la juventud europea de aquel tiempo, respetuosa de los imperativos patriarcales, hacen que los interrumpa de forma abrupta y se vaya forjando el duro carácter y el verdadero rostro del gran pensador. 

gonzalohvallejo@hotmail.com

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