Trauma colectivo y reconstrucción

Lina María Arango D

El día del terremoto, parte de mi familia y yo estábamos de vacaciones lejos de Pereira. Una llamada de una familiar a las 9: 00 am nos alertó que había temblado muy duro en Pereira y quería reportar que estaba bien.  Las comunicaciones habían colapsado y lo único que queríamos saber desde lejos era cómo estaban mis abuelos, mis tíos y las personas que conocíamos. Escuchamos que dos edificios se habían derrumbado y uno de ellos era el que limitaba con la oficina de mi papá, quien a esa hora habría estado allí si no fuera porque estábamos fuera de la ciudad. Un dia después supimos que su oficina estaba destruida y un gran muro estaba justo en el escritorio donde el debía estar sentado. 

 

Fueron horas eternas hasta saber que “estaban bien”. Las vacaciones cambiaron de sentido: la atención se centró en las noticias que logramos ver, en las imágenes que aparecían en redes y en la incertidumbre sobre nuestras viviendas. Lo que empezó con dos edificios colapsados se convirtió en una cifra que aumentaba cada vez que aparecía una nueva imagen. Con cada foto, llegaban lágrimas y nostalgia: la iglesia San José que visito semanalmente, edificios icónicos de la historia pereirana, restaurantes y cafeterías de visita cotidiana, el centro comercial Pereira Plaza, Invico, la clínica Comfamiliar, los edificios de la Lorena, el restaurante Cardinal en el que había estado recientemente y decenas de lugares más. Era increible. Fue un golpe emocional que solo quienes hemos vivido y crecido en Pereira podemos comprender.

 

Aun así, fui afortunada. No viví el impacto sicológico de sentir el terremoto. Cuando regresamos, después de una odisea de todo un día porque el aeropuerto Matecaña estaba cerrado llegamos a nuestros apartamentos. Mi edificio, en Los Alpes, estaba desolado. Aun con grietas y muros por reconstruir, decidí quedarme a dormir. No teníamos el trauma de sentir el movimiento, no vivimos el miedo de quienes vieron caer los edificios frente a sus ojos. Y es ahí donde entendí que quienes sí lo sintieron quedaron con una afectación emocional colectiva que no se puede minimizar. La salud mental en desastres no es un tema accesorio: es un componente técnico de la reconstrucción. El trauma no es solo individual; es territorial. La ciudad entera quedó marcada por una mezcla de miedo, nostalgia y duelo por los lugares que nos construyeron como comunidad.

 

Soy creadora de contenido por la causa No Más Abuso de Peajes, pero llevo más de dos semanas sin sentirme en disposición de publicar. Mi ánimo ha estado bajo, me he sentido impotente por no poder ayudar. Sentí que quería ser bombera, miembro de la Cruz Roja, ingeniera, enfermera. Sentí que mis temas de lucha contra la corrupción no servían para nada en esta emergencia. Pero hoy, tres semanas después, entiendo que sí importan. La transparencia será fundamental para garantizar que la solidaridad de tanta gente sea bien administrada, que los recursos lleguen a quienes los necesitan y que la reconstrucción no repita errores del pasado en donde los recursos son desviados y donde la falta de trazabilidad permitió sobrecostos y decisiones opacas.

 

La reconstrucción del Eje Cafetero será un proceso emocional, técnico y ético. La ciudad necesita sanar, pero también necesita vigilancia, claridad y control ciudadano. La emergencia cambió nuestras prioridades, pero no eliminó los temas estructurales: los peajes seguirán vigentes, la transparencia seguirá siendo urgente y la lucha contra la corrupción será clave para que la reconstrucción sea justa y digna.

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