Todos somos esclavos

Por: Rubén Darío Franco Narváez

La tristeza se apoderó del corazón de los habitantes de mi Pereira del alma. Rostros cargados de amargura; hombres y mujeres vencidos por la tragedia. La ciudad semi-destruida; pero las manos unidas para tratar de levantarnos –fraternalmente- entre las ruinas. Un terrible fenómeno natural nos obliga a aceptar que, queramos o no, somos esclavos en este planeta, donde nadie es más que nadie en la programación de vida y muerte.

El domingo, 23 de agosto de 2026, celebramos diluidamente el Día Internacional para el Recuerdo del Comercio de Esclavos y su Abolición. Es el momento indicado para hacer frente a las desgarradoras consecuencias del terremoto del pasado 10 de agosto: 304 muertos, 4.548 heridos y 426 desaparecidos. Un impacto masivo con pérdidas materiales estimadas en 30 billones de pesos, que deja estragos en la infraestructura de 472 municipios a lo largo de 15 departamentos del occidente y suroccidente del país, afectando a regiones como Antioquia, Caldas, Chocó, Risaralda, Quindío y Valle del Cauca, y sacudiendo con fuerza a Pereira, Cali, Manizales y Quibdó.

Las cifras reflejan la magnitud del desastre: 29.554 viviendas destruidas, 134.342 averiadas, 292.043 personas impactadas y 123.789 familias comprometidas, mientras los organismos de socorro logran el rescate de 356 personas. El colapso abarca 303 centros de salud, 3.443 instituciones educativas, 3.905 centros comunitarios, 413 vías, 5 aeropuertos, 86 acueductos y 62 puentes. 

Por fortuna, el apoyo internacional ha sido efectivo, aunado a las buenas acciones del gobierno al anunciar la creación del Fondo Milagro y el Plan Milagro de Reconstrucción para canalizar recursos hacia las familias damnificadas y la recuperación del territorio.

Aquí, en La Tierra, todos somos esclavos; nos recuerda –hoy- Rudafra, en su canción: “… Y aquellos que se vanaglorian, gritando ser dueños del sol, / que juran estar ya libres de todo y cualquier control… / son los esclavos más ciegos, atrapados sin saber, / en las leyes del destino que no logran comprender. / Esclavo de lo que albergas, esclavo de tu sentir, / unos mueren por su aire, otros aceptan vivir. / Sujetos al gran destino, en su eterna autoridad, / nadie escapa de las redes que teje la realidad.”

NOTA: Con los ojos heridos, recorro a mi Pereira semidestruida; pero, alentado por su corazón cívico.

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