Todavía no

Claudia Esperanza Castaño Montoya

No voy a escribir hoy sobre resiliencia. Todavía no.
Pereira no necesita que le digan que se va a levantar. Eso ya lo sabe, porque esta ciudad ha vuelto a ponerse de pie otras veces. Pero esta columna no es solo sobre Pereira. Es también sobre Manizales, Armenia, Cali, Quibdó, y los cientos de municipios cuyos nombres casi nunca llegan a un titular. Todos amanecieron el 10 de agosto del mismo lado de la misma grieta, y hoy necesitan que alguien se quede un momento ahí, sin apurar el final feliz de la historia.
Perdimos gente. No es una cifra: son nombres que alguien dice en voz baja esta semana, en la fila de un albergue o frente a un teléfono que ya no contesta. Perdimos mascotas que esperaban en la puerta y ya no tienen puerta. Perdimos las paredes donde dormíamos, las mesas donde comíamos sin agradecerlas, las calles que nunca pensábamos, porque una calle no se piensa hasta que deja de estar entera.
Y perdimos algo más difícil de nombrar: la certeza de que el suelo es un lugar seguro. Eso no se repara con un discurso. Se repara, si acaso, con tiempo, y el tiempo todavía no ha pasado.
Por eso desconfío de la palabra «resiliencia» cuando se usa tan rápido. A veces es una manera elegante de pedirle a alguien que deje de llorar antes de tiempo, que le ponga fecha límite al dolor. El duelo colectivo no funciona así. No hay cronograma para asimilar que tu ciudad, tu pueblo o tu vereda amaneció de pie un lunes y esa misma mañana quedó en la calle, con la gente afuera sin saber si tenía casa a la cual volver.
Lo que sí puedo decir, sin adelantarme, es esto: he visto vecinos abrir sus puertas a extraños, brigadas cargando escombros con las manos antes de que llegara la maquinaria, gente que perdió todo preguntar primero por el vecino de al lado. Eso no es resiliencia todavía. Es algo más simple y urgente: no dejar a nadie solo mientras el suelo termina de temblar.
No sé cuándo estaremos listos para las palabras grandes, las de reconstrucción y renacimiento. Mientras tanto, prefiero quedarme en lo pequeño: un vaso de agua para el que llegó sin nada, un nombre que se repite para que no se nos olvide, una mano que sostiene a otra en la fila del albergue.
Todavía no sabemos en qué se va a convertir esta tragedia.
Pero ya sabemos, viéndolos estos días, de qué está hecha esta gente.
Eso, por ahora, es suficiente para escribir.

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