Una propuesta

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

No es de recibo en un medio como el nuestro, especular alrededor de la obligación de llevar a cabo un reparto proporcional de los bienes poseídos. Un pensamiento de tal entidad, conlleva a una presunta manifestación de comunismo o populismo disfrazado de dictadura. No obstante, es posible intentar tareas encaminadas a darle un vuelco a unos regímenes económicos entrados en decadencia, bajo las cuales la gente acrecienta ganancias y haberes, a la vez de empobrecer mayormente a los trabajadores y en parte a una clase media, siempre ubicada en lugares de trivialidad, incapaces de tomar partido y de acercarse a una colaboración de gran envergadura, en lo referido a la responsabilidad del sector. Los caudales electorales aumentan y logran sus propósitos demagógicos, aproximándose mediáticamente a los sitios deprimentes y marginales, solo a efecto de obtener un voto, pero olvidándose posteriormente de regresar, al menos, algo de las promesas hechas. Y es igualmente grave la actitud de los seriamente necesitados, cuando poco hacen por revertir su situación, empecinados en ampliar la prole y esperando invariablemente la ayuda del Estado, hasta en las básicas y elementales afugias.

Y en este orden de imprecisiones, hemos venido durante siglos alimentando irresponsablemente unos colectivos de modo extremista y negligente. Verbi gracia, no existe un programa visible, concreto y ambicioso, de acometer un esfuerzo severo y eficaz en el cometido de aliviar o ensayar, siquiera, los problemas significativos de una determinada zona de las tantas urgidas y evidentes en el entorno. No figuran en los fingidos proyectos de los candidatos y luego elegidos representantes de una hipotética superioridad, encarrilados a procurarle solución a la ambigüedad laboral, de salud y educación, de una punto fijo en el contexto nacional, departamental o municipal. Tendría mucho valor, entereza y compromiso, arriesgarse a disputar a ciertas parroquias, esa misión de compartir y de auxiliar a las comunidades cercanas a la iglesia. Un buen paso, una enorme iniciativa, lo constituirían motivar a los barrios, centros, condominios, en formar anillos sociales de reivindicación, organizados y presupuestados, a fin de enderezar el sendero y de mejorar las circunstancias de los cordones de miseria que los rodean.

Las arcas de los entes regionales, en alianza con los habitantes de esos parajes vitales de una urbe, debidamente legalizados, estructurados, dotados de herramientas o técnicas útiles y de auténticos líderes, prestos a financiar, planificar y enfilar baterías hacia la consecución de unos objetivos y unas metas de verdadera naturaleza comunal. Desde luego, en una confrontación de semejante jaez, es preciso vincular, asociar, involucrar, a las gentes en quienes se pretende recortar y diezmar su grado de exigencia, introduciéndolos de cuerpo presente en el núcleo, orientado a procurar un bienestar diverso, una condición diferente a la tenida. Una sociedad insular, apática, desconectada de la realidad, ajena a las desajustes, es una potencial, anárquica integración de sujetos, de institutos, de un porvenir y futuro inciertos, próximos a la desgracia y el desbarajuste.

Es el estímulo para un componente muy similar al actual, plagado de excesos, de polarización, en cuanto a la tendencia a mantener privilegios, a explotar y a corromper. No es del caso meterse a propagar una política de una equidad ilusoria y utópica, sino de adquirir un mínimo de sensatez, de empeño, en el imperativo de ser solidarios y de no crear personas individualistas y egoístas, más bien, un tipo de individuo posesionado de la calidad de humilde y consciente de las recíprocas acciones, pues hay procedimientos y recursos suficientes en lo atinente a vivir decorosamente y de contera, de saber de las urgencias de los otros.