¿Un “nuevo” mundo?

Ernesto Zuluaga
Columnista

El mundo se rindió frente al Coronavirus. Algunos países lo hicieron de manera rápida intentando evitar que las cosas fueran de mal en peor y otros —como “el coloso del norte”— quisieron ignorar su fiereza y lo subestimaron hasta que la cruda realidad los hizo reaccionar. Hoy no hay nadie en el planeta que no se encuentre aterrorizado frente a la pandemia y una supuesta primera consecuencia es el despertar de una nueva solidaridad entre las naciones y entre todos los seres humanos. Los académicos, los políticos, los sociólogos, los empresarios, los trabajadores, los desempleados y la gente en general expresan de una manera categórica que el “mundo” será diferente después de esta crisis, que todo va a cambiar, que seremos distintos y que habrá un nuevo contrato social. Lamento ser un aguafiestas.

Las principales características del “homo sapiens” son y han sido por siempre su egoísmo y su vanidad. La historia humana es una cadena de eslabones que lo demuestran y que reflejan en cada uno de ellos a la más vil de sus expresiones: la codicia. Desde siempre nos hemos matado por las riquezas del vecino, por su territorio, por el petróleo, el oro, las piedras preciosas y todo lo que tenga valor material, por la mano de obra esclava, por el uranio, etc. Y quizás la más virulenta forma de ambición es la que sin duda es el mayor mal de la humanidad: la corrupción. Hay también en la primitiva condición humana otros “vicios” que conducen a la misma ferocidad: los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos y los fanatismos mesiánicos; han sido a través de los siglos otras banderas tras las cuales se asesina por doquier. Y ¿qué decir de las dictaduras y otras formas de gobierno que se convierten en tiranías que aniquilan a quienes se oponen o piensan diferente? Tampoco podemos ocultar que los últimos grandes inventos de la humanidad han sido el producto de la guerra y que la carrera espacial y la exploración del universo obedecen a afanes imperialistas muy ajenos al altruismo.

¿Acaso en todo este panorama belicoso las virtudes sociales como la solidaridad, la fraternidad, el respeto recíproco de los derechos y la probidad son apenas pequeños “virus” que afloran con timidez y mueren antes de contagiar? En contravía, durante el último siglo la especie humana se ha desbocado en el individualismo y el materialismo mostrando su desdén por aquellas virtudes. No es de extrañar que en el último siglo tuviésemos las dos más grandes confrontaciones bélicas de toda la historia y que estemos esperando con terror cuando será la siguiente.

La «solidaridad» que observamos entonces en estos días no es otra cosa que el “instinto de supervivencia» que aflora como expresión del egoísmo mismo. Interpretarla como un cambio de modelo o un vuelco en la estructura filosófica de la humanidad es apenas una quimera. Quizás cambien algunos hábitos y mejoren los servicios de salud. Tal vez los empresarios intenten blindarse frente a futuras pandemias, pero el capitalismo salvaje (con los banqueros a la cabeza) seguirá reinando en occidente y otros fundamentalismos en oriente. Continuaremos fabricando guerras, arrasando la naturaleza, siendo corruptos y haciéndonos indignos de habitar en este planeta. La única forma de torcerle el pescuezo al rumbo que venimos fabricando desde hace más de dos mil años es perdiendo de verdad la pelea con el virus o en un cataclismo en el que la población mundial se reduzca abruptamente a la mitad o literalmente se diezme. Mientras tanto no inventemos utopías y más bien preocupémonos por sobrevivir y por ayudar a que los más desfavorecidos también lo hagan.