Supositorios

Gilberto Trujillo
Columnista

Prometo que para este año respiraré despacio y profundo antes de escribir esta columna; tomaré las cosas con paciencia y ecuanimidad y no me saldré de casillas así las noticias diarias digan que una niña fue violada por su padrastro o que un joven fue asesinado por robarle el celular. También me adaptaré a que la Contraloría General de la Nación diga que los fondos de la Cámara de Comercio fueron manejados como si fuera la lista del mercado del pasado director ejecutivo mientras el actual sale a defenderlo.

No haré caso de las denuncias de Vigía Cívica sobre la mafia que maneja el Hospital San Jorge y que lo tienen postrado en el más vil de los estados. Me haré el loco al ver el espacio público de la ciudad en manos de vendedores estacionarios que dejan tiradas las cajas de comida al lado sin importarles nada, o los ambulantes circulando en contravía y con bocinas a todo volumen pregonando “bolsota de tomates a mil”. Miraré para otro lado cuando me pregunten por qué el andén de la alcaldía es un campo minado (van ocho años) Me abstendré de opinar sobre las motos sin silenciador que se pavonean a lo largo y ancho sin que las autoridades de tránsito se den por enteradas.

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A estas alturas, claro, el espíritu ya no es el mismo. Me voy derrumbando.

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Pienso en la reforma tributaria de este paquete de ministro de Hacienda y se me forma un nudo en la garganta –o en el teclado, mejor dicho- y no entiendo que dizque este gobierno necesita más recursos y ella solo habla de gabelas para los grandes potentados y soluciones populistas como tres días sin IVA o devolver este impuesto a los más necesitados. Puro bla, bla, bla.

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En otras palabras, ya no doy más; mi promesa se va para la porra y terminaré diciendo como don Ramón, el del Chavo del Ocho: ¡No te doy otro porque … “##$&))(/(&%%(