Sueño entre la virosis

Guillermo Gamba
Columnista

En mi sueño veía un desfile de carnaval largo de zanqueros vestidos de pájaros míticos, los difuminaba el humo sagrado de un ritual católico, aquella comparsa cotorreaba y cantaban sin respuestas unos coros de un sacerdote enmascarado entre una cabeza de cigüeña con pico corvo de tucán, reparte agua bendita a lado y lado de una calle y entre la aridez le observan mis pesadillas con los rostros de las mujeres demacradas y huérfanas.

Amanecía entre una idea de catástrofe inminente o ese temor de la aniquilación que acosa al inconsciente colectivo de los mayores que durante la película de la vida hemos presenciado las locuras de la historia. Mi abuelo decía que vivimos perseguidos por el miedo y una idea fija del final, amenazados por el calentamiento global y la explosión atómica, con los pómulos morados desde todas las violencias y esperanzados con la idea de un futuro donde podríamos eludir los dientes de las corporaciones del capitalismo financiero.

Tampoco es la catástrofe porque no hay devastación total como en el pueblo de Armero sepultado bajo el lodo de un volcán erupcionado, quizá el tiempo de crisis sea como el apocalipsis bíblico cuando anuncia la crisis y un cambio diferente del que pregonan los alcaldes en Pereira. Es un cambio que se ha enredado y nos desafía con una corona viral y sin certezas de una revelación.

Entre mis tripas apuestan carreras las lombrices de aquellos tiempos cuando crecí con el agua infecta de una vereda en El Congal. No me incita la carencia de aquel frenesí doméstico encerrado, agitado en el paseo entre la sala, el comedor a la cocina y la ventana, o el vacío hacia el consumo de chucherías en centros comerciales, o un anhelo difuso entre oraciones en iglesias llenas de velones encendidos, o un desespero por estar atornillado tras un escritorio ejecutivo donde se calculan los remedios tras los pasos que dan los demonios.

El virus quiere poseerme para aumentar su número de muertos y no sé si soportaré su veneno con neblina de los muertos, aquellos que fueron matados en el paso de la quebrada la Farallona en Apía. Floto entre aquella pesadilla y en los latidos de mi corazón resuena su bum – bum – bum, hasta alertarme para embrujarme, para que no siga la tos en mi garganta reseca ni la opresión en las paredes del tórax desde donde no podrá saltar el aliento a mis labios donde no se admitieron los besos que no fueron.

Se abre entre mi túnel aquella luz que me arrulla con la ternura de las tetas de aquella mujer que me hizo vencer el miedo cuando no podía caminar con mis pies chapinos, me conversa con el poder de las palabras con que conversa la gente que ha regresado a comer crema en el parque.

Tengo otro cuerpo por fuera de mi andamio, lo sostiene ese sentimiento mío que derrite tus pensamientos como el helado en tu lengua, medio cuerpo es corona del virus y el otro medio es una gota de miel de abeja reina que viene de mieles de flores y esas mieles corren en mi como un desfile de hormigas que distribuyen mi vacuna. Mi alivio estaba en tus besos.

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