Social democracia

Alfonso Gutiérrez Millán
Columnista

Sir Thomas Moro, lord canciller de Inglaterra y santo católico, escribió en 1516 sobre una isla llamada Utopía en la cual uno de sus personajes, el marinero Hytlodaeus, manifiesta lo siguiente: “…donde todo se mide por el dinero, no será posible llevar a cabo una política justa con éxito: opino que se es más feliz donde se comparten las cosas”.

Por estas y otras muchas sentencias Moro es considerado por los seguidores del Labour Party británico como un ilustre antecesor del socialismo. Pero. ¡Mucha Atención!, no estamos hablando de parodias desastrosas como el tal “socialismo siglo XXI” del desastre venezolano, sino de aquella social democracia que ha gobernado por lustros en los países escandinavos, Inglaterra, Francia, España o Alemania, conservando y respetando la propiedad privada, pero cuidando de someterla a la intervención del Estado y prestando especial atención a la vigencia de los derechos humanos.

Aunque hoy parezca difícil de creer, una tendencia semejante ha tenido ilustres partidarios en el seno del liberalismo colombiano: Murillo Toro, lo pronosticó; Uribe Uribe, en su célebre conferencia de 1904 propuso que el liberalismo buscara inspiración “en las canteras del socialismo”; Gaitán, escribió su tesis de grado sobre las ideas socialistas en Colombia; Lleras Retrepo, además de realizar el único intento de reforma agraria que registra nuestra historia, aprobó la inclusión en nuestra constitución de un principio claramente socialdemócrata según el cual “la dirección general de la economía estará a cargo del Estado” (actual art 334) etc. Acciones estas que tenían algo en común: se respeta y estimula el mercado, pero (y el pero es enorme), dejando en claro que no puede haber verdadero desarrollo, ni justicia social, sin una enérgica intervención del Estado, en un marco de clarísimo respeto por los derechos humanos.

Otra constante de quienes abogan por una vía socialdemócrata para Colombia se refiere a la necesidad de introducir profundas modificaciones en las costumbres y el carácter ético de nuestras gentes. Ejemplo de ello era la arrolladora consigna con que Gaitán terminaba sus discursos: “Pueblo, por la restauración moral de la República: ¡A la carga!

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