Sobre la vida

Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista
Las campañas contra el aborto, la pena de muerte, el porte de armas y la guerra comparten la afirmación de que la vida es sagrada. Si se acepta lo sacro como punto de partida, la discusión está zanjada pues nadie debe violar un mandato tan claro y absoluto.

El problema es que hasta hoy no aparece la autoridad con rango suficiente para otorgar ese privilegio a la vida; en realidad es una afirmación vacía pues nadie sabe a ciencia cierta qué es lo sagrado. Se trata de un concepto construido por los humanos con diferentes significados de acuerdo a los valores culturales y las épocas.

Desde el punto de vista cósmico la vida es una singularidad, un hecho excepcional que solo ha estado presente en la tercera parte de la edad del universo y probablemente desaparecerá en unos millones de años cuando el sol se convierta en una enana blanca. Sustentar la vida en principios morales o religiosos no mejora el argumento: las religiones son demasiado recientes como para soportar el peso de la defensa, y en general son contradictorias, pues muchas convocan la muerte de sus enemigos y ensalzan la de sus mártires. La existencia de la vida no necesita defensores; se justifica a sí misma como un hecho de la naturaleza.

Pero tiene limitaciones que impiden declararla un valor absoluto en tanto que los seres vivos de diferente complejidad compiten por los mismos recursos y unos se alimentan de otros, lo cual implica el sacrificio permanente de individuos, precisamente para preservar la vida como conjunto. Si no es un valor absoluto, puede afirmarse que no todas las vidas tienen la misma importancia, y puede quitarse a quienes dañan la de otros innecesariamente, para proteger el bioma humano. Las sociedades deben estar tan dispuestas a eliminar los individuos dañinos, como hacen los organismos con las células cancerosas: los que pierden esa capacidad, perecen.