Sensaciones

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

La vida y la historia enseñan cosas cada jornada más fuertes e incomprensibles. Una de tantas relaciona los fenómenos oscuros de la naturaleza, con la familia y de contera, las edades jugando un rol preponderante en una combinación absolutamente necesaria. Da la sensación de estar el ser humano preparado, no siempre bien, para afrontar las acometidas de un discurrir tortuoso, al menos en algunos casos y respecto de los jóvenes o de quienes nos anteceden. Hoy experimentamos hechos paralelos y resultamos enfrentando a un evento sin precedentes desde un punto de vista general, pues el acontecer como tal, el universo lo vivencia a su manera y en circunstancias diversas, aisladas, desconocidas o ignoradas. Situaciones quizás mayormente adversas y delicadas aguantaron comunidades del orbe en todos los frentes y épocas, solo que a la sazón no había una movilidad tan agresiva y contundente. Todo llega y se aproxima de súbito, al instante y es lo realizado, no descartando la gravedad del asunto.

También muestran los antecedentes, algo no aceptado ni digerido en nosotros y anunciado a través de los científicos, sabios o diletantes, de una forma muy práctica, dura y cruel, de controlar la multitud en excesos y en particular, del crecimiento desmedido frente a otra clase de coyunturas. En ese aspecto recordamos a los voceros de criterios acerca del volumen de personas ante las condiciones orientadas a satisfacer apuros. En el deambular difuso y negro de las leyendas, aparece constante y fiel a sus designios, la tendencia del hombre en autodestruirse y allí surgen las guerras y en los efectos inmediatos, las pestes, las consecuencias funestas de una masa descompuesta. Es cuando empezamos a atar cabos y a sufrir esas embestidas de angustia y desazón, al meditar en una actitud defensiva del cosmos, de cara a la honda e irresponsable conducta del individuo día y noche agrediéndola, forzándola, torturándola.

El globo terráqueo es inagotable, el horizonte es amplísimo, la bondad de la creación similarmente aflora y seguirán los ríos, los océanos, los bosques y la fauna esparciendo las delicias y derramando el aire puro, prodigando lecciones de nobleza y de fraternidad, pese a las arremetidas belicosas del sujeto. Por lo pronto, mantener la insistencia en vivir, en terminar la faena en el mejor estado posible. En lo profundo de uno y del pensamiento idealista, a guisa de un presentimiento, de la intuición, de los dictados del corazón, cunde una categórica convicción en una salida airosa del problema, comprendiendo la continuidad del orden habitual de la mano de un señor poderoso, de un Dios infinito, proyectando luces a los poseedores de la facultad y la tenacidad adecuadas, al encarar la crisis. Convencido en la certeza de existir igualmente un grupo diferencial y entendido en la materia, de los conocimientos indicados en el hallazgo de los antídotos contra el mal. Lógicamente, debe acudir a la mente de las gentes, la urgencia en la prudencia, en la camaradería, en un gesto positivo de no agravar el episodio.

Hay confianza plena en una normalidad alcanzable y evidente, en tanto acojamos las reglas de precaución y de conveniencia impartidas, creyendo en los demás y no exclusivamente en el egoísmo y en la desidia. En lo personal, en atención a lo sucedido y a las dispares contingencias surtidas, sobreviene la suficiente disposición de ánimo inclinado a soportar incomodidades, en pro de una restauración gradual de la tranquilidad. La intención consiste en no desesperarse, en guardar la cordura y el buen sentido, en la medida de lo viable y en especial, ejecutando actos de convivencia y de solidaridad hacia aquellos completamente desvalidos o incapaces de solventar precarios recursos.