Segundas partes…

Ernesto Zuluaga
Columnista

Ser gobernador de Risaralda y de cualquier departamento en Colombia no es una tarea titánica que demande esfuerzos extraordinarios; hacerlo bien puede ser relativamente fácil y podría decirse que su ejercicio deteriora muy poco a quien ejerce dicha responsabilidad. Si lo comparamos con una alcaldía la diferencia es abismal. Todo empieza por los departamentos en sí mismos, instituciones pobres que aún no encuentran un papel estelar en el desarrollo de nuestros pueblos. Incluso hay corrientes de pensamiento en nuestro país que se han atrevido a proponer su eliminación como sucedió en la misma asamblea nacional que elaboró la constitución política en 1991.

Con recursos precarios y funciones específicas que no van más allá de la administración del tercer nivel del servicio de salud y de la educación en aquellos municipios incapaces de asumirla por su pobreza generalizada, las gobernaciones terminan siendo intermediarios obligados entre el gobierno nacional y la provincia y figuras casi decorativas que sin embargo son apreciadas de manera muy singular por los ciudadanos del común y por la dirigencia de las municipalidades pues siempre llegan con una chequera en la mano a coadyuvar en la solución de los miles de problemas que afrontan los alcaldes y las comunidades en general. Hacen vías, escuelas, puentes, hospitales y parques sin que sean su responsabilidad. Tienen a cargo la seguridad ciudadana sin ser los jefes de los militares ni de la policía. Sus funciones se superponen con las de los alcaldes en temas como el deporte, la cultura, el turismo y el desarrollo agropecuario y tecnológico.
La verdad es que la gente espera muy poco de los gobernadores y poco les exige. Si no roban y no la “embarran” saldrán airosos en su tarea.

En Risaralda puede decirse que la única expectativa seria y contundente que tenemos hoy es que no nos dejen morir el hospital San Jorge, patrimonio cívico de la capital construido con el esfuerzo de varias generaciones de pereiranos y que por reciente mandato legal es ahora de todos los risaraldenses. ¿Será acaso esa la razón para que se haya convertido en un foco de corrupción? Espero que no. Víctor Manuel Tamayo lo sabe y nos prometió en su campaña que esa sería su bandera. Todos estamos preocupados y vigilantes para que el hospital vuelva por sus fueros y siga siendo el baluarte que antaño construimos.

Si existen ex gobernadores que salieron con una imagen negativa es solamente por cualquiera de dos razones: fueron incapaces de dejar alguna huella o se bañaron de corrupción. A la gobernación de Risaralda regresó un hombre que lo hizo bien.

Para mi gusto hubiera preferido menos asistencialismo y más obras pero la verdad es que nadie lo acusa de haberle metido la mano a los recursos del departamento y con su especial estilo y carisma fue capaz de volver a ganar, curiosamente derrotando en las urnas a quien lo había vencido en la anterior contienda. Además del reto del hospital Tamayo enfrenta un desafío superior: demostrar que no es cierto el adagio popular que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”.

En nuestro terruño la experiencia en ese tema ha sido nefasta. Tan solo una persona había logrado regresar a dicho cargo pero salió penosamente por la puerta de atrás, razón por la cual la ciudadanía lo castigó reiteradamente en las urnas hasta desaparecerlo del panorama político. Creo que con Víctor Manuel será a otro precio. Como su ambición no es la de robar puede dejar huella y con el San Jorge salvado del naufragio los risaraldenses le agradeceremos por siempre.