Reminiscencias de un confinado

Ernesto Zuluaga
Columnista

Desaprovechando esta pandemia he hecho algunas remembranzas sobre las cosas del pasado y sobre la vida de nuestra ciudad hace 50 o 60 años o desde aquella época en que adquirí conciencia o al menos uso de razón y me he percatado de las muchas cosas que ya no existen, que cayeron en el olvido o que fueron demolidas por la modernidad. Voy a recordarles algunas de ellas aunque quizás solo sean comprensibles para quienes cuentan con más de sesenta años de edad, seguramente la mayoría de mis lectores.

Empezaré hablándoles del engrudo, esa cosa viscosa que se hacía poniendo al fuego agua y almidón de yuca y que utilizábamos para pegar las “monas” del álbum de turno y carteles en postes y paredes. Fue reemplazado primero por la “goma” y luego por la “ega” ( o colbón). Ahora todo viene con autoadhesivo. La regla de cálculo (aún conservo una en mi biblioteca marca Faber Castell) que era un increíble listón que se deslizaba sobre otro, que tenía cientos de números, era un instrumento infaltable para los ingenieros y servía para calcular cualquier operación matemática con absoluta precisión. Apenas aparecieron las calculadoras desaparecieron rápidamente.

El “bidet”, un segundo sanitario que había en todos los baños domésticos y que servía para hacerse el aseo con agua y jabón cuando aún eran artículos de lujo las toallas íntimas y el papel higiénico; ahora ni se fabrican. Los pañales de tela, artículo básico en todos los hogares y que las mamás nos pusieron hasta los cinco años para evitar que ensuciáramos la ropa y que fueron desplazados por los hoy infaltables “desechables”.

Las caucheras, o resorteras, que nos hacían salvajes cazadores de pájaros y de pequeños roedores; fabricadas en casa eran instrumentos que disparaban un guijarro como proyectil y amenazaron con producir la primera extinción de aves de la historia. Fueron reemplazados por rifles de aire que despedían un aún más asesino diábolo de plomo. Afortunadamente casi no existen ya.

Cuando la gran pantalla estaba en su apogeo y era la más importante distracción de los adolecentes asistíamos a lo que denominábamos “cine continuo”. Con una sola boleta veíamos dos películas diferentes que se transmitían alternadamente desde las 3 pm hasta las 12 de la noche sin interrupción. Además de fumar incansablemente nos quedábamos a veces hasta repetir alguno de los filmes. Entrábamos al teatro con “cansuizos” (unos turrones melcochudos que vendían en la puerta del Ley) escondidos en los bolsillos y nos deleitábamos con el gelato Patty que ofrecía un vendedor que caminaba por todos los pasillos o con las obleas blanditas que vendían en la dulcería del Consota.

Otro de los deleites más grandes que teníamos en el pueblo eran aquellos triángulos dulces (precursores de las donuts) que vendían en la 21 con 7ª o en la 17 con 8ª, se llamaban “gloritas” y se fabricaban en una “wafleras” especiales que nunca vi en alguna otra parte. También recordé los programas de humor en la radio que eran tan comunes que teníamos cuatro o cinco cada día: La Escuelita de doña Rita, Los Chaparrines, el Show de Hebert Castro, Montecristo y los Tolimenses eran infaltables cuando la televisión aún no se imponía. Siempre he creído que el ingenio y la gracia de nuestro humoristas siguen siendo los mejores del planeta.

Se me acabó el espacio pero son tantos los recuerdos que se evocan en este encierro que la semana entrante los atiborraré con “nuevas” reminiscencias.

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