¿“Quo vadis” Covid-19?

*Antonini de Jiménez
Columnista

No soy médico, pero detecto el miedo infundado a kilómetros. Lo sé porque fue el mismo que intentaron inocularme cuando decidí poner rumbo a Camboya (país con el mayor número de minas antipersonas). Volvió a ocurrir años después cuando me trasladé a la frontera norte mexicana y nuevamente sucedió cuando puse mis pies en Colombia.

Lo que hay detrás de esta neurosis colectiva no tiene que ver con el Covid-19 sino con el virus del alarmismo. Nuestro miedo a ser infectados ha demostrado ser más mortífero que los riesgos del propio virus. Reclusiones voluntarias, paranoias, cierres de comercios, desabastecimientos, desempleo generalizado, etc. Algunos vacilarán al leer estas líneas denunciando que es mucho más que una gripe. Sostendrán con aire de suficiencia que confundo valentía con temeridad; pero es el miedo el que habla por su boca; conozco este tipo de gente.

Nadie se reconoce como una piltrafa de forma gratuita. ¿Acaso han llegado a pensar en las consecuencias funestas que traerán consigo sus irresponsables políticas públicas “preventivas” fundadas en el miedo a ser señalados por una masa ciega, muda y sorda? No nacieron para ello.

¿De dónde proviene el miedo a infectarnos de un virus que se ha demostrado (véase los datos de la OMS) que no nos matará (salvo el moribundo que muere de tanta vida vivida), no nos dejará secuelas y sus síntomas son comunes al de la gripe?

La latente causa de nuestros temores no es al virus sino al hecho de llegar a ser infectados. El coronavirus nos recuerda que nuestro miedo no es a la muerte sino a la vida. ¿No refleja su propagación nuestro terror a conectarnos profundamente con el otro (no lo mires, no te acerques, no lo toques)? ¿No se parece acaso a la llegada masiva y sin control de inmigrantes a las costas del sur de Europa? En ambos algo extraño amenaza con “invadirnos”; con usurpar la sensación de previsibilidad que exige nuestra vida vuota.

El miedo al virus encarna la fragilidad de una vida falsa, ensimismada y profundamente envejecida. Una vida que al afirmarse se niega. Ha perdido el coraje para arriesgarla (lo tolera todo para no tener nada que respetar) y demostrarse con ello que solo en la libertad el hombre se hace humano. “Hacer como sí (…)” (soy ecologista, animalista, feminista) se ha convertido en nuestro único mantra y apelamos a la salvación sin querer comprometernos con nosotros mismos.
El virus pasará; no perdamos la dignidad por el camino.
*Docente Universidad Católica de Pereira

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