Prevención y virus

Hugo López Martínez
Columnista

El siglo XX fue de grandes adelantos en ciencia y tecnología. Hubo menos Hambre que en épocas anteriores, empezaba a crecer el reino de las ciudades y con ella aumentaban las advertencias contra el exceso de población, en escasos metros cuadrados. Cada vez más los médicos convivían cara a cara con sus pacientes, equivalente hoy a una cita previa con el especialista, con solo observar y escuchar, el médico transmitía el diagnóstico verbalmente y luego en hoja desprendible escribía el nombre del fármaco para combatir el avance de cualquier mal.

Esta vez se trataba de explorar el origen del miedo y de la depresión. El miedo a la automatización y al sentimiento de abandono. ¿Cómo puede ser que en una sociedad bien alimentada y educada, segura y cómoda, pueda producir nuevas enfermedades, la peor de todas, la soledad en medio de miles formas de comunicarse con los demás?

Sorprende recorrer distintos pisos de nuestro Megacentro Pinares y de puerta en puerta comprobar las especialidades de la práctica médica, desde medicina del deporte, aplicaciones de la electrónica en biología molecular, patología y cirugía bucal, rehabilitación cardiaca y pulmonar, entre otras.

Al mismo tiempo observamos un creciente número de personas, en su mayoría gente adulta, esperando el arribo de la fecha de la cita con el médico especialista. Por supuesto, las críticas y el inconformismo aumentan, como algo natural entre gobernantes y gobernados. Pocas veces se leen y se escuchan comentarios acerca de cuál es el diagnóstico de la historia clínica del paciente y si este siguió o no los consejos del especialista. Pesa más la crítica del paciente, aunque todo haya salido bien.

¿De qué sirve el seguimiento de la historia clínica, el acompañamiento de las más particulares de la especializaciones en medicina o en otros campos del conocimiento, si por fuera el medio ambiente y la cultura ciudadana parecen excluirse mutuamente.

De nuevo volvemos al siglo XX, el de la barbarie y de la grandeza, porque fue allí donde ciencia, tecnología y derechos humanos se dieron la mano. La expectativa de un paraíso terrenal y feliz, podría estar al alcance después de la primera y segunda guerra mundial, el socialismo era ese lugar entronizado por intelectuales del mundo occidental, entonces, valía la pena salir a marchar cruzados de brazos con sindicalistas, maestros y estudiantes. La ilusión podía más que la amenaza a un cataclismo universal. No fue así. La indisciplina social, igual al paciente que no obedece, nos deja expuesto, sin defensa, ante cualquier tipo de amenaza, ayer fue la viruela y hoy el corona virus, ayer fue la guerra entre ejércitos en un mismo país, hoy es el individualismo, prendido de punta a punta de las redes sociales.