Oraciones en tiempos de crisis

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Un precepto imperecedero se encuentra en todas las religiones del mundo: la tolerancia y el respeto por las diferencias. El Brahmanismo preconiza: “No hagas a los demás nada que pueda hacerte sufrir aún si te lo hacen”. El Budismo exhorta: “No aflijas a los otros haciéndoles aquello que para ti sería doloroso”. El Taoísmo aconseja: “Considera que el provecho de tu vecino es tu provecho y que la pérdida de tu vecino es tu pérdida”. El Mazdeísmo señala: “La naturaleza buena es la que evita hacer a otro lo que no es bueno para ella”. El Islamismo preceptúa: “Ninguno de vosotros es un creyente hasta cuando desea para su hermano lo que no desea para sí”. El Judaísmo normatiza: “No hagas a tu prójimo lo que es odioso para ti”. El Cristianismo demanda: “Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” … Amén. Shaloom, Sauidi, Axé, Aleluya.

Hogen Bays, un sacerdote zen de Oregón, después de explicar que la oración sirve para comunicarnos con alguien más grande que nuestro ser, entonaba un antiguo estribillo sintoísta: “Que me libere del miedo. Que me libere del sufrimiento. Que sea feliz. Que me llene de bondad amorosa”. Esta corta plegaria lleva a evocar una rogativa egipcia del siglo X A.C.: “Oramos por la vida y por la gracia. Que la ceguera se aparte de nosotros de día y la impotencia se aleje de noche; que conozcamos la dicha de servirle al pueblo y que todo lo que plantemos produzca fruto; que la paz reine en el mundo y que la prosperidad impere en nuestra nación”. Una súplica intemporal como ésta, también salía de los labios de un chamán en un legendario ritual que invocaba la gran fuerza de Yurupary: “Hazle escupir toda esa basura de preocupación… Entra bien adentro tú, buen espíritu del aire”.

En el festival de Stonehenge, un sacerdote druida musitaba una antigua plegaria irlandesa: “Que siempre haya trabajo; que tus manos permitan que siempre haya en tu alforja dinero; que siempre brille el sol en el dintel de tu ventana; que un arco iris tenga la seguridad de seguir a cada lluvia; que la mano de un amigo siempre esté cerca de ti y que Dios llene tu corazón de alegría para animarte”. Un brujo ojibway (tribu del Canadá), oraba bajo la sombra de un abedul: “Abuelo, observa nuestra devastación. Sabemos que, de toda la creación, sólo la familia humana se ha desviado de la senda sagrada. Sabemos que estamos divididos y hemos de volver unidos a caminar por ella. Abuelo, enséñanos el amor, la compasión y el honor de sanar la tierra y lograr sanarnos mutuamente”. También se volvió imperecedera la invocación del pueblo sioux al “Gran Padre Wakan Tanka”:

¡Oh Gran Espíritu! Tu voz escucho en el viento igual que tu aliento dándole vida al mundo. ¡Escúchame! Soy pequeño y débil; necesito tu fuerza y sabiduría. Permíteme caminar contemplando el esplendor y la belleza de tus grandes realizaciones y haz que mis ojos siempre vean el rojo púrpura del atardecer. Facúltame para respetar las cosas que creaste y dame oídos agudos para escuchar tu voz. Hazme sabio para que pueda entender lo que has enseñado a mi gente. Déjame aprender las lecciones que has escondido en las hojas de los árboles y en las rocas.

Dame la fuerza necesaria, no para ser más poderoso que mi hermano, sino para luchar contra mi propia ignorancia. Mantenme siempre listo para ir hacia ti con mis manos limpias y la mirada pura. Que cuando se desvanezca mi vida como lo hace el atardecer, mi espíritu pueda ir hacia ti, libre de vergüenza… Amén