Ofrenda Navideña 2019

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

El valor de la resiliencia, esa capacidad para afrontar la adversidad y vencer las grandes dificultades, se adquiere con la habitud de enfrentar las pequeñas y la asunción de una actitud de cambio. En otro mundo, las cosas quizás podrán ser de otra manera, pero aquí, vivir es cambiar y el sentido de la perfección consiste en haber cambiado cientos de veces. Quien se sienta en el fondo de un cuarto a contemplar el cielo, lo encontrará muy limitado. No hemos logrado ver lo que valemos porque hemos caminado siempre al lado de muchos que tampoco pueden, ni quieren verlo. Vivimos temiéndole a nuestras imperfecciones aun sabiendo que es a través de las grietas que se filtra la luz. María Cecilia Fontana, una joven activista uruguaya que murió envenenada víctima de un grupo ultraderechista, dijo en cierta ocasión: “Muchas veces jugamos con fuego en la cornisa de nuestra felicidad”.

Viendo el ánimo banal de vindicta y resentimiento que asiste a muchos, recordamos una frase del escritor francés Honorato de Balzac: “En la venganza y el rencor, el más débil se vuelve el más feroz”. Alguien se interpuso en una discusión sobre la gravosa carga que todos llevamos a cuestas en nuestro absurdo periplo por este mundo. “El viaje es muy largo y no está para andar con mochilas pesadas… Así que, ligeros de equipaje mis queridos amigos”, fue lo que nos dijo nuestro extraño interlocutor. Cierta vez renegábamos sobre el trancón y los problemas de movilidad de nuestra ciudad y la consecuente cita tardía a la que nos aprestábamos. El taxista nos miró por el retrovisor y con tono y gesto irónicos, nos dijo: “Relájense amigos. No se les olvide que a ustedes y a mí, ya nos dictaron <orden de captura>. ¡A disfrutar del poco tiempo que nos queda en este mundo!”.

En otro momento, al quejarnos de la indiferencia, el resentimiento y la envidia de algunos amigos nuestros, Chila, una vendedora de helados, nos ofreció esta joya entresacada de su sabiduría proverbial: “El problema es que nos empecinamos en dar mucho allí donde hay tan poco que recibir”. Estamos hechos de sueños y naufragios y, cuando intercambiamos estas bitácoras de viaje, se lleva a cabo una breve permuta de soledades. Muchas veces, nutrir el ego resulta bastante peligroso si no somos conscientes de la voraz criatura que hemos engendrado y a la cual estamos alimentando. Somos autoverdugos: disfrutamos de esas circunstancias en las que nuestro ego se convierte en gran inquisidor. Desconocemos que la única manera de sobrevivir es siendo insurgentes. Esa condición de rebeldía permitirá que complotemos contra él y enfrentemos su oprobioso mandato.

El escritor franco-chileno Alejandro Jodorowsky (“Psicomagia”), sostenía que no nos duele el alma sino nuestro ego. “El ego es nuestra jaula mental”, afirmó cierta vez. “El mundo es fuego y nuestro ego estopa… Viene el viento y sopla”, reza el aforismo. Vigilemos nuestro ego para que éste se mantenga en silencio. Es un autócrata que, en lugar de escuchar, manda. El único poder aceptable es aquél que, en vez de mandar, escucha. Un salmo de advertencia era insistente en la liturgia propia de la tradición azteca: “Dice Quetzacoatl: <No debes olvidar que el jaguar eres tú… Tú eres el enemigo y es a ti mismo a quien debes vencer”. Despidámonos hoy de nuestros lectores con esta bella oración esquimal: “Me levanto de mi lecho antes del canto matinal de la gaviota gris. Quiero tener cuidado de no mirar del lado de la oscuridad… Vuelvo mi mirada hacia la luz” … ¡Feliz Navidad!