No es un juego

Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista

Si no fuera tan dañino, el paro podría verse como un juego, pero no lo es. Como no lo fue la muerte del estudiante que intentó asesinar un motociclista con una bomba que le explotó al frustrado atacante, muy lamentado por cierto por las directivas de su universidad. Ni lo es las pérdida causada a miles de negocios perturbados con cierres obligados en nombre de la libertad. Ni lo serán las consecuencias de la calificación del riesgo país.

Lo que está ocurriendo no es un juego aún cuando a los protagonistas les parezca divertido hacer un listado de exigencias tan contradictorias como aumentar el presupuesto de la educación, ya duplicado por el actual gobierno, y a la vez retirar la reforma tributaria de la cual saldrán los recursos para sostenerla. Como garantizar la seguridad de los protestantes, pero liquidar el Esmad que protege a los ciudadanos de los vándalos. En los juegos los niños se imaginan cosas graciosas por incoherentes, pero todos entienden que están en proceso de construir una idea del mundo sin tener información ni formación crítica. Por eso nadie les exige coherencia.

Pero en una sociedad estructurada duramente a través de años de violencia, proveniente primero de la política y después del narcotráfico, que ha hecho un esfuerzo colectivo enorme para superponerse a sus propias falencias como la falta de justicia, la incoherencia de los promotores del paro es imperdonable. Porque ponen en riesgo la vida de muchas personas, deterioran la economía por razones irrazonables y, sobre todo, porque en una evidente ausencia de sentido común, confunden las imperfecciones de una sociedad en proceso de cambio, con desaciertos del gobierno.

Como la exigencia de revocar el cobro de una sobretasa a los servicios, creada para cubrir las pérdidas de electrocaribe, imputables a malos manejos del pasado. El paro no es un juego, por eso la sociedad y el gobierno deberán poner orden a quienes convierten cosas tan serias como la vida y los bienes ajenos, en un divertimento que termina en conciertos callejeros.