Niños pensados

Neverg Londoño Arias
Columnista

Toda mujer es madre. Su instinto maternal marca la huella en la familia, el trabajo y la vida social. Los hijos son su decisión en el proceso de continuidad de la especie humana; ellos llegan porque tienen que llegar: pensados, deseados, accidentales, no deseados, planificados, programados, anhelados, no esperados, concebidos, nacidos, no nacidos.

Cuentan las crónicas que en un lugar del África Central la madre acostumbra “pensar el hijo” cuando ha decidido tenerlo. Entra en un extraño éxtasis maternal y se dirige hasta el árbol más frondoso; se desprende de toda preocupación, se relaja, cierra sus ojos y conecta su mundo interior con la naturaleza, piensa su hijo hasta visualizarlo, sentirlo, escuchar y memorizar su canción de vida.

La mujer enseña la canción al padre, esa será la carta de identidad en toda la vida del hijo. Canto propicio que recrea el encuentro amoroso, llamado que se hace al niño o la niña a recorrer los caminos de la sangre, sentir el aliento de los ancestros y construir la historia futura en la realidad y los sueños.

Jadeantes invitan al niño a venir al mundo, al hogar reservado para su estancia sobre la tierra.
Asegurada la concepción, la canción del visitante es enseñada a hermanas, hermanos, familia y vecinos y periódicamente recordada en cada uno de los momentos de la gestación durante las nueve lunas de la feliz espera. El momento del nacimiento es acompañado con el canto de los asistentes. Primer regalo que se entrega: identidad, defensa mágica contra todo mal, conjuro contra la adversidad, oración protectora al emprender cada camino en la vida difícil de la comunidad y en las afugias propias de la vida como hombre o como mujer.

Cada acontecimiento de la vida personal es celebrado con la canción: el paso a la adolescencia, los éxitos personales y el matrimonio. Cuando una persona comete un delito, se reúnen a su alrededor en el centro de la aldea y le recuerdan su canto: “el amor se convierte en una efectiva manera de corregir, para lograr la recuperación de la identidad”. Con la muerte se canta por última vez la canción del niño pensado.
El recuento de este ritual concluye con una reflexión: “Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás. Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa”.
Así vive en un ser humano el espíritu de la mujer, la madre que hizo posible pensar esa vida.