Miscelánea

James Cifuentes M.
Columnista

Volví a ver “Cóndores no entierran todos los días”, la película basada en la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal, que aborda el tema de la violencia partidista y sectaria de Colombia en los años 50 con los famosos “pájaros”, asesinos a sueldo que mataban en defensa del “gobierno legítimamente constituido”, según el adoctrinamiento del Partido Conservador de la época; protagonizada por Frank Ramírez en el papel de León María Lozano, a quien en el Valle del Cauca apodaron “El Cóndor”, tristemente célebre por ser el equivalente al más fanático paramilitar, con la misión de defender la patria limpiándola de liberales.

Una frase de la cinta retumba en mi cabeza, cada vez que considero los fenómenos criminales tan ajenos a la comprensión humana: “es cuestión de principios”, que el director, Francisco Norden, puso en labios del Cóndor, para expresar que su macabra causa era un asunto de elemental justicia, que ejecutaba no como algo personal sino como un acto sublime de necesidad y de obediencia a los designios del Partido, por el bien de la Nación y de la Fe, pero que yo al final entendí como que el problema de matar radica en hacerlo por primera vez. Muerto el primero, dos o tres, o cincuenta “muñecos” más, da igual, eso no altera ni agrava para los asesinos la circunstancia de haber transgredido el lindero ético del respeto por la vida, cuando la vida deja de ser sagrada.

Muchos nos preguntamos cómo carajos es que en este país aún se asesina casi un líder social por día y más de 300 por año, sin establecerse quién los mata; y todo ello ante el silencio infame de muchos dirigentes políticos y de ciertas élites de la sociedad que convenientemente niegan el conflicto y van por ahí repitiendo que se trata de ajustes de cuentas entre delincuentes comunes, retaliaciones del narcotráfico, cuando no por ropa extendida o líos de faldas.

La violencia por motivos ideológicos en Colombia jamás se ha ido, ha evolucionado y hoy se comporta como una empresa fantasma movida por hilos invisibles, gente “de bien”, que ostenta el monopolio de la moral y el entendimiento sobre qué es lo que más le conviene al país y saben reconocer, de entre los muertos, a los que “bien mueren”.

Adenda. La semana pasada un abogado y un juez lloraron en un juicio por la violación y muerte de un solo niño, y nos recordaron que un monstruo torturó y mató casi 200; quizás para Garavito, en su aberración, matar también fue una “cuestión de principios”, que tampoco fuimos capaces de ver ni evitar.