Menos mal que no somos los más corruptos

Ramiro Tabares Idárraga
Columnista

Apenas se conocieron cifras reveladoras sobre el primer puesto en corrupción a nivel mundial, la sociedad colombiana se movió no a demostrar lo contrario, si no a buscar los informes de Transparencia Internacional sobre medición de percepción de corrupción, donde no estamos de primeros, pero si en puestos de importancia; y al final se bajo la tensión para decir desde la zona de confort menos mal que no somos los primeros.

Este hecho evidencia hasta donde ha llegado la sociedad nuestra por convivir, permitir y tolerar la corrupción. Parecer ser que el mal esta enquistado en la base de la sociedad, cubierta por siglos de impunidad, pintada por años de tapen tapen y al final se obtiene el resultado esperado; la quiebra de un país, la mayor carga impositiva, la pasividad de la ciudadanía, la tolerancia de la justicia y el papel cómplice de políticos, empresarios y medios de comunicación.

En el prólogo del libro “Colombia al Filo de la Oportunidad”, Gabo expresa que tal vez de la herencia española nos queda ese deseo de salir adelante sin importar los medios, de superar retos sacando provecho y de lograr las cosas por la vía fácil. También el maestro William Ospina en su bella obra “Pa que se acabe la vaina”, manifiesta su preocupación por el mal ejemplo de los líderes y sobre todo la pasividad de las ciudadanos de permitir que acaben con el estado social de derecho y las libertades civiles para el grueso de la población, alcanzando niveles de desigualdad y pobreza que si nos ubican en primeros lugares de marginalidad. En la protesta social de hoy, se escuchan voces contundentes en contra de la corrupción.

Es necesario un papel más activo de la sociedad, civil, validar otros mecanismos de participación ciudadana, más veedurías, mas denuncias; pero en una sana lógica mas resultados de la organismos de control y de la justicia ordinaria. Más educación en el núcleo familiar no con la biblia, con un decálogo de valores, buen ejemplo y sobre todo tener la convicción de formar hijos felices y no competitivos. La escuela no puede resolver los problemas de una sociedad que no ha sabido conjugar en el hogar los valores de la tolerancia, respeto, solidaridad, justicia y pluralidad. Los maestros no son resuélvelo todo, son mediadores y tutores de unos saberes y experiencias que deben iniciarse en el hogar.