Más de lo mismo

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Es de todos los días, en escenarios disímiles, no obstante, lo de siempre en los actos usuales de los gobiernos, las instituciones, entidades de diversa índole. La indeclinable tendencia a intentar resolver los problemas, empleando una serie de mecanismos inútiles, vetustos, de inveterada costumbre, y la mala fortuna de no surgir nada positivo de esos amagos de solución. Es un acierto afirmarse cómo la posición del contradictor deriva en un artilugio sumamente cómodo y fácil, en cuanto al solo advertir las fallas de quienes proceden en un sentido equivocado, para salir a darle hasta con el balde. Y el modo de conducirse es erróneo, pero allí no radica lo negativo del asunto.

El meollo y el cuestionamiento obedecen a la insistencia en buscar los mismos caminos de fracaso, sin percibir la reincidencia en una constante ineficacia y escasez de resultados favorables. Hoy más que nunca, es inevitable aludir a los famosos Consejos de Seguridad, a través de los cuales los convocadores, máxima autoridad en la generalidad de los casos, deciden congregar a la parte neurálgica y de colosal trascendencia en la acción referida, a fin de propiciarle un pincelazo de viabilidad y de corrección de los sucesos motivo de la reunión a un altísimo nivel. Y en estos eventos, ocurre lo de una también milenaria, malgastada y estéril decisión de llegar a las últimas consecuencias en las investigaciones en un averiguatorio de magnos desenlaces. Históricamente, a raja tablas de los tiempos corridos en una democracia desgastada por el uso inadecuado de las herramientas y de los detentadores, ha sido una decepción y una consulta anacrónica y desusada.

Y el criterio no es gratuito, menos aún un invento de marca mayor o un prurito de denigrar de las corporaciones y de sus conclusiones. Los fenómenos reiterados de temple subversivo, de violencia o narcotráfico, verbi gracia, las matanzas, las eliminaciones calificadas, los comportamientos delictuosos de múltiples matices, tienen y muestran esa connotación irrelevante y confusa. Un estilo de dirigir o de administrar así, presenta ribetes de improvisación, de nulidad, de ineptitud. Cuando hay una citación urgente, en vías a considerar un hecho anárquico o asocial, desde luego, precede a una causa y a un acicate especial. Sencilla y llanamente, a un grieta en el servicio, a un grave desacierto del sistema, a una ausencia total de mando, de Estado o de gestión pública. Y es aquí donde uno piensa en los orígenes de una falta de tal categoría y de contera, asoma una obligatoria razón de ser de lo sucedido. No realizamos lo debido, no es factible lo proyectado y planeado, huele a revés inminente lo presuntamente ejecutado o en afrontar. Se es consciente de la infinidad de situaciones y de conflictos en un ambiente del talante nuestro.

Es comprensible la imposibilidad de atender a punto, a tono, en consonancia, tantos incordios, rasgos de unos países de la idiosincrasia y del carácter propio. Empero, es evidente la carencia de requisitos intelectuales y de variada consistencia en los encargados y los responsables de los engañosos feudos en cuyo seno existe la necesidad imperativa de acceder y de obrar. Normal y lógicamente, no es de recibo continuar en un embeleco de la dimensión anotada. Ya la gente, el ciudadano, la persona medianamente educada, no traga entero, ni puede digerir benévolamente, una forma asaz peregrina de enfocar los grandes retos de la época. Es preciso apretar las tuercas, robustecer las agremiaciones, capacitar verdaderamente, a los interesados en perpetuarse en una determinada línea ideológica, a efecto de consolidar una estructura sólida y vigorosa. A los conciliábulos de semejante y elevado calado, les incumbe y corresponde convertir en realidad el esfuerzo de tan supuesto y diligente trámite.