Maneras de obrar

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

En una empecinada carrera hacia los logros, en la veloz iniciativa de conquistar la gloria, la decidida actitud en la superación personal, la incesante actividad encaminada a sostenerse en la cima, son, entre otras, muchas de las decisiones del hombre en el cometido de encontrar el éxito, de obtener la felicidad, de hallar la tranquilidad total. En el continuo discurrir, las metodologías pululan y todas ellas en capacidad de pulir el parecer de alguien, sometido a ciertas y determinadas eventualidades. La literatura, los conceptos, criterios de variadas especies y clases, figuran en el ancho universo de las entelequias y las utopías, de las ilusiones y esperanzas a las cuales se aferra la humanidad en ese febril atractivo de alcanzar los infinitos, de sobreponerse a los obstáculos, al menos de vivir y de hacerlo en paz. Desde luego, en un medio de unas costumbres inveteradas, de lo inesperado, inconcebible y asombroso, uno de los caminos más utilizados es el de la política, allende la filosofía, la idea o el credo, a partir de una plataforma rayana en la demagogia y la práctica de pedagogías masificadas y deformadas.

Muchos aspectos experimentados, no exactamente constitutivos de un novedad o algo singular, presentan a una índole de individuo parapetado en unas comunicaciones acomodadas y fundamentadas en el interés y en la consecución de un fin específico, léase, la conservación de un dominio, el perpetuarse en el poder, preservar las propiedades, mantenerse atornillado en los cargos y de labrar un fortín de ciegos e ignaros corifeos. Y en un ambiente escaso en sinceridad y franqueza, cocínanse múltiples asuntos y tejiéndose inmensidad de bordados sociales y financieros un poco pecaminosos. Un mundillo fabricante de sueños, pero igualmente de intrigas y de devaneos, cuyo final no es otro distinto al descubrimiento de la deslealtad y la traición. Casos han sido vistos, están en el entorno y traducidos en caldo de cultivo de una enfermiza colectividad. Bajo esa égida, van construyéndose similarmente otros sectores aunque ausentes de la información dirigida, contienen el mismo germen de inestabilidad mental y de inclinación a la exclusiva apariencia con motivos y planes de un rasero nada ortodoxo.

Dadas estas circunstancias, probablemente no sería de recibo entender y comprender que también aparecen márgenes de unas conciencias enmarcadas en la seriedad y la conducta recta, enderezada y en procura de una durabilidad adecuada e idónea encuadrada en comunidades armónicas y genéricamente solidarias. Y al decir de los expertos en la materia, la elaboración de unos cimientos sólidos y compactos, conducen necesariamente a unos pueblos modelo de cooperación y puestos de ejemplo a quienes al frente predican una doctrina contraria a la absorción de elementos positivos y en pos del bienestar del prójimo. Sostienen los estudiosos de la cuestión en comento, esto solo es viable y posible, en la medida de atar y unir en base a una auténtica manera de obrar, siendo solícitos, genuinos, disciplinados en la verdad y el orden, fortaleciendo la amistad y atesorándola a través de actos rebasando la futura adquisición de emolumentos materiales o morales, desprovista de cualquier malévolo y maquiavélico aliciente.

Es la insistencia en la transparencia y la diafanidad en las relaciones, en la pulcritud y del cuidado afable y franco de los allegados y la parentela. Una postura de tal entidad y consistencia, susceptible de valorarse en una dimensión superior y de bastante vigor en la habilitación de voluntades y el deseo de mover montañas. Seguramente hayamos instrumentado una superlativa apreciación de las cosas y demasiado obnubilados en el enfoque realizado, tratando de expresar un sentimiento y de integrar un pensamiento.

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