Los maestros, otros héroes anónimos

Fabio Castaño Molina
Columnista

Sin duda que los médicos y el personal de enfermería se llevan los máximos honores por su valor y estoicismo al estar en el primer frente de combate que trata de ganar esta feroz batalla en que nos tiene sumido el coronavirus a nivel mundial.

También la policía, el ejército y los guardas de tránsito merecen un reconocimiento especial porque al estar efectuando los controles en procura que se cumplan con rigor las medidas de aislamiento de los miles de ciudadanos que de manera irresponsable salen a las calles, están también arriesgando su integridad física al exponerse a un contagio de cual ya muchos han sido víctimas. Todo lo anterior muy claro. Pero quiero destacar hoy en mi columna y en la víspera de la celebración del Día del Maestro Sindicalizado mañana viernes, que nuestros maestros son los otros héroes anónimos en medio de esta pandemia.

Lo digo con conocimiento de causa porque soy esposo y padre de maestras y por ende no puedo ser indiferente a la odisea que viven al estar confinadas en casa, convertida ahora en aula virtual pero no para un grupo de 30 ó 40 niños y niñas, sino además maestras de sus padres de familia y acudientes que utilizando un celular como tablero, intentan resolver angustiosamente y sin importar la hora del día o si es sábado o domingo, las tareas que por esa vía viene imponiendo este incómodo sistema escolar, carente de su canal más eficaz como es el de la conectividad, pues la gran mayoría de estudiantes carecen de un plan de datos o al menos un aparato celular.

Lo triste es que muchos alumnos tienen el celular, pero carecen de la conectividad o tienen que acudir a las más inverosímiles peripecias, como la niña campesina en el Tarra –Santander, que a través de redes sociales contó cómo debía trepar a un árbol para poder que su teléfono alcanzara la señal y así poder hacer las tareas que su maestro le puso vía whatsapp. El acoso laboral y el estrés a que están siendo sometidos nuestros maestros que pasaron de laborar el doble de lo normal, constituyen un atentado a su salud mental y emocional. De la noche a la mañana todo el proceso de enseñanza cambió.

No estábamos preparados. Ni tecnológicamente ni estratégicamente. A la final, será la calidad de la educación que hoy reciben nuestros chicos la que resultará sacrificada por otro virus, como es el de la improvisación y la falta de herramientas que deben afrontar nuestros maestros. ¡Ojalá el Estado aprenda la lección!

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