“Los fenicios”

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

No es referencia directa en relación apuntada a los pueblos del occidente mediterráneo, sino una alusión al epíteto endilgado a esta parte del orbe, a una ciudad de la categoría   nuestra,  situándola muy distante de aquellas urbes inyectadas de cultura y quizá  próximas a un concepto griego en el estilo propio de manejar  y encauzar las cosas.

No son demasiado lejanas las disputas y las rivalidades entre los habitantes del eje cafetero y también respecto del resto de las regiones del país, concentrándose siempre en el grado de desarrollo, bajo el punto de vista de una proyección social y económica, en general, en todo los campos de la cotidianidad. La realidad pasada, aún en la actualidad, marcaba un notorio desenvolvimiento comercial, estimándonos poco adictos a un nivel elevado de instrucción y de conocimientos, considerados ser un producto de la adicción a la compra y venta de objetos, al arte de hacer, más no de concebir, de una dedicación de cuerpo presente a las manualidades, la artesanía, lo coloquial y elemental. El auge del desempleo, la proliferación de oficios ambulantes y estacionarios, señalaba inequívocamente esa caricatura negativa del entorno y de los componentes.

En franca comparación y mirando hacia otras latitudes, no era extraño saber y constatar como en el vecindario fulguraban estrellas mil, en el firmamento especulativo, con unas mentalidades encumbradas, asimismo ayudadas y patrocinadas por una  dirigencia centralista y monopolista. Reflejo y muestra inevitable, de lo expresado, lo podían decir la escasa inclinación de las gentes en dirección a una acentuada tendencia a las veleidades del espíritu, a un anhelo constante de superación en materia de intelectualidad, de estadistas y de diletantes de las altas escuelas de erudición. Hoy, el panorama no es igual, pese a la insistencia en llenar las calles de negocios informales, de distraerse la clase política y militantes, en asuntos triviales  y en  lo estrictamente suntuario. El avance de la municipalidad en la construcción,  genera la necesidad de los complementos y de las subsidiaridades, han obligado a buscar frentes diferentes, fomentando y propiciando el nacimiento de universidades, lugares de estudios, y desde luego, un terreno abonado para la inspiración.

Testimonio de este adelanto, es el de insólitamente observar a unas  administraciones preocupadas en sacar adelante iniciativas de tal tipo de actividades, verbi gracia, impulsar las obras de los cultivados del terruño, abriendo salones y dando apertura a sus creaciones, en una buena manera de ambientar el medio y de sacudirlo de la falsa creencia en constituir nosotros únicamente mercachifles. La inauguración de centros al efecto y el estímulo a lo realizado en antaño, de algo sirve en el sano propósito de reivindicarnos de un calificativo tan peyorativo, del estigma atinente a una incontenible sed de riqueza, marginados completa y totalmente de  los pasatiempos edificantes, del pensador, el difundidor de ideas y del filósofo, el literato y el cerebral.