“Las hijas del capitán “(1)

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

En esa titánica carrera de devorar libros y de mantener ocupada la mente, el espíritu y el cuerpo, encontramos en esos tantos regalos y obsequios por la época, esta novela de la autora tan mencionada y promocionada en la actualidad. A decir verdad, es reencontrarse el talante y una manera de narrar la cotidianidad, el sobrevivir en un medio ajeno a la tradición y la idiosincrasia de los personajes allí manejados, al nivel de una clase inmigrante repleta de los problemas y vicisitudes de quienes dejan la patria y parten en busca de un futuro, y al final, como lo dice el relato, totalmente desprovisto y de mayor gravedad, el dolor de no poder volver. Son numerosos los ingredientes positivos de la obra en cuestión, siendo de gran valor en nuestro criterio, ser un modelo de repaso absolutamente marginado de la violencia material, de la trajinada temática del mundo del narcotráfico, de la lucha política y de las infames, atrevidas y odiosas confrontaciones de raza, sexo y edad, esbozadas en unas salidas literarias, poco ejemplares y llenas de lugares habituales.

Aquí las situaciones pueden advertirse comunes y corrientes en el trasegar de los arrimados a un país extraño, sin conocimiento del idioma, de las costumbres, perdurando, en permanente rivalidad con el tiempo, las muchedumbres y los mitos, procurándose el día y las noches, a destajo. Obviamente no se detiene la escritora en un planteamiento definido, tampoco opta hacia un determinado objetivo ideológico, punto central del viaje a través de las entretelas de una familia. Pero si es muy fino el discurrir y en el estilo seguramente en el cometido de penetrar la esencia de unas gentes y unos sentimientos sesgados, caracterizados y enclavados en la impotencia del desahogo. Pueblerinos de carne y hueso mezclados y rozados de nobleza, alcurnia, de estereotipos engreídos, traspasados y puestos en sitios convencionales. Nos muestra un hogar sometido a las adversidades de un ambiente foráneo y cruel, apático, salvo los rasgos de solidaridad y generosidad de los connacionales.

La radiografía cruda y fiel de ese universo de los lanzados a una aventura no programada, enfrentando todos los avatares de la existencia, desgracias y golpes capaces de doblegar al más débil de los mortales, empero encarados a base de temperamento, entereza y orgullo del terruño, de unión, de comprensión y de honradez. Unas hembras “chapadas” a la antigua en el modo de asumir las embestidas de un machismo a ultranza de la sinceridad y del decoro, echadas para adelante, empecinadas, tozudas, en la mitad de una certeza plena de autenticidad y dignidad ante todo. La composición pega, afana en su lectura, seduce, inclina la balanza de la inquietud y de la búsqueda de un desenlace menos perverso y brutal, un epílogo despojado de las afugias vivenciadas, de los porrazos dispensados en un entorno ingrato y difícil de digerir en las entrañas de pobreza y de escasez de recursos, de cultura y de desenvolvimiento natural. En palabras de la narradora: “A bofetada limpia, a fuerza de sinsabores, fracturas y pérdidas, se habían integrado en la ciudad y habían cuajado como mujeres….”. (2)

Era toda la grandeza de unas arriesgadas féminas, decididas a realizar lo indecible, a no claudicar en principios y en una mentalidad honesta, hasta el extremo de no haber poseído los arrestos suficientes de cercenar, matando a los convertidos en el azote y castigo, bajando la guardia y dando paso a la magnanimidad y benevolencia, antes de entrar en el camino del odio y la venganza. En sí el asunto propuesto en el texto, refleja a sus anchas el temple y la constancia de los emigrantes, cualquiera sea el origen, estrellándose contra toda estructura económica y social, a brazo partido, en el anhelo de reivindicarse y de pasar a un estrato diferente, allende las vías torcidas y turbias y prodigando un paradigma de ética y de moral.
DUEÑAS, María. Tres hermanas, dos mundos, una ciudad. Las hijas del Capitán. Editorial Planeta, S. A. 2018
Óp. Cit. Pág. 585

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