La revolución cultural y otras revueltas

Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista

El fracaso del gran salto adelante propuesto por Mao Tse Tung en los años 50 produjo una grave pérdida de su autoridad que se vio desafiada, entre otros, por Deng XiaoPing. La estrategia del gran líder fue provocar la “Revolución Cultural” que comenzó en mayo de 1966 con el secuestro del alcalde de Beijing por estudiantes extremistas, seguida de un alzamiento juvenil apoyado por el ejército popular.

Fueron dos años de caos absoluto donde se cerraron universidades y escuelas, se purgaron los cuadros del partido, se destruyeron monumentos, y se maltrató de mil maneras a quien fuera sospechoso de revisionista o burgués. Los años siguientes, hasta la muerte de Mao, se han llamado en China “La década perdida”. La recuperación, dirigida por el reivindicado Deng, fue asombrosamente rápida cuando hubo orden social y político, y se cambió el modelo agrarista y colectivista, por uno de mercado que hoy predomina. La lección del daño que produjo la revuelta popular fue aprendida y el siguiente intento de repetirla en la plaza de Tianamen, en abril de 1989, terminó con una sangrienta represión a la cual se refieren en China como “El incidente de junio”.

Hay revoluciones de revoluciones: no se puede desconocer el efecto profundo de la revolución francesa, ni de la bolchevique, ni la de los rumanos contra los Ceausescu. Pero la de 1968 en Francia, o la de México donde se quiso sabotear los juegos olímpicos, y terminó con la masacre de la plaza de Tlatelolco fueron fallidas. La diferencia entre una revolución justa y un desbordamiento populista está en el contenido de las reivindicaciones; cuando se trata de derrotar una dictadura o de cambiar un modelo social anacrónico, son válidas. Cuando lo que se pretende es alterar un resultado electoral o un sistema democrático, deben reprimirse.

No obstante ni la justicia o la injusticia de un alzamiento garantizan las consecuencias: en Libia una revolución justa se tradujo en la destrucción del país y en Egipto solo en el cambio de dictador. En cambio, en Argentina, sucesivas revueltas militares fueron exitosas a pesar de no tener respaldo popular ni objetivos políticos válidos. La justicia tampoco garantiza la calificación de la historia: el alzamiento de Franco contra la República Española y la comuna de París han perdido su brillo con el tiempo, y con la ideología de quienes las describen.