“La peste” (1)

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Buscando un libro, curiosa, coincidencialmente, encuentro un premio Nobel de Camus, lo abro, igual sincronía, me ubico en La Peste y desde luego, a la manera de un sadomasoquismo muy coloquial, emprendo la lectura y oh sorpresa. Seguramente ya había digerido el contenido, en alguna época, empero ahora, adentrándome en el texto, es como si estuviéramos, guardadas proporciones, sufriendo la etapa de la epidemia. Allí el autor, con una fecha no dada exactamente, 19…, recrea la llegada del mal a Orán, narrando todas las peripecias propias de una circunstancia de tal entidad. Describe una atmósfera, lugar habitual, de no saberse en principio de qué se trata, cuáles son realmente las causas y los motivos del aparecimiento, también, y en forma gráfica y natural, la actitud de las autoridades y las medidas a tomar respecto del comportamiento de la ciudadanía.

Nada diferente a lo nuestro, militarización, toque de queda, aislamiento, una conducta similar, de personas y gentes pasándose por alto las precauciones. Un población desorientada, incapaz de asimilar el fenómeno, desconociéndolo, quizá pensando en ser un hecho fugaz, un accidente más en el escenario de sus vidas, en un sitio donde todo es parecido, la rutina, el trabajo, vivir, amar, en un círculo vicioso, ajenos a una singular apreciación. Y en cada página, a modo de una filmación de los aconteceres, nos va retratando de cuerpo presente en las inquietudes, en la postura de los supuestos directivos y figuras principales encargadas de pronosticar, solucionar, responder a una encrucijada y a un estado, día y noche repleto de muertos y de problemas, verbi gracia, el económico. Y así surgen los puntos álgidos de la crisis y las posiciones asumidas de unos y otros. Reclamos, reflexiones, hipótesis, pasados cuestionados, reato de omisiones sentidas, los errores cometidos, la ansiedad del futuro, todos a una en un mar de confusiones. Casos de semejanza e identidad en los cuales el individuo exclusivamente cavila en su situación, descartando la de los demás, en el relato de lo correspondiente al periodista deseando a toda costa poder salir e ir al reencuentro de la querida.

De mucha estatura y comprensión los diálogos del médico líder de las brigadas contra el virus y de aquellos asistentes a la misa celebrada cuyo jesuita de la localidad eleva las plegarias, no sin antes ensayar una reprimenda a los injustos y pecadores, presuntamente los culpables del insuceso, y paralelamente la filosofía del galeno, la razón de la profesión y la discusión sobre la existencia de Dios y la misión y el arraigo en la funesta región. Lógicamente, sumirse uno en un ejemplar de tan elocuente tamaño, no tiene mayor explicación a la de intentar el hallazgo de aspectos positivos en un ambiente de esa dimensión, bajo la égida de una tradición generosamente ilustrativa de unos acontecimientos reiterados a través de la historia y un común denominador en el área de las calamidades. Solo que en esta ocasión, juegan un papel trascendental la globalización y la agresiva movilidad de los medios de comunicación, factores indudablemente constitutivos de una interpretación ajustada a la verdadera calificación de la ocurrencia. Y premonitorio: “que el bacilo de la peste no muere, ni desaparece nunca, que puede permanecer adormecido durante años en los muebles y la ropa, que aguarda pacientemente en las habitaciones, las cuevas, las maletas, los papeles y pañuelos y que, quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre.” (2).

Sea una finalidad u otra, fue una prueba distinta y un enfoque diverso en el encierro, produciéndose un fértil el fruto y el resultado en cuanto a regresarnos a una humanidad y espiritualidad perdidas, a volver a creer, a recapacitar, a poseer la suficiente sinceridad y franqueza para aceptar nuestra fragilidad y de dejar a un lado el falso orgullo, la vanidad, la simplicidad y superficialidad de lo material. Al margen de lo secundario, agradecer al altísimo en la protección y ayuda, siempre en la consideración de nunca abandonarnos y del altruismo, no a la obstinación y la intemperancia. Posiblemente algunos tuvieron la misma experiencia y atinaron en el recuento, pero en lo personal, instituyó una grata lección, de incalculable significado, obligado a valorarse en un futuro.
ALBERT, Camus. Premios Nobel de Literatura. Editorial Aguilar. 1959
Op. Cit. Pag471