La pandemia del miedo

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

El miedo ha sido considerado como un elemento entretejedor de nuestra trama y urdimbre emocional que condiciona nuestro complejo mundo actitudinal. El jesuita y psicoterapeuta británico Anthony de Melo, en una de sus obras (“La oración de la rana”), nos habla a través de una célebre parábola, sobre el mórbido influjo de ese miedo tóxico a quien él llamaba “El heraldo de la muerte”. La Peste se dirigía a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto. “¿Adónde vas con tanta prisa?”, le preguntó el beduino. “A Damasco. Pienso cobrarme un millar de vidas”. Al regreso de la capital siria, la Peste pasó de nuevo junto a la caravana. Entonces le inquirió el jefe: “¡Ya sabemos que llevas en tu cuenta cincuenta mil vidas, no el millar que habías dicho!”. “No – respondió la Peste –, yo sólo me he cobrado mil vidas. El resto las mató el Miedo”.

La psicosis generalizada engendrada por la aparición del virus, está generando un clima de incertidumbre y ansiedad más preocupante que la propia epidemia. El miedo se ha instalado de tal forma que ya no podemos mirarnos por temor al contagio provocando todo esto un pánico de incalculables y devastadoras consecuencias. La ola de desinformación en torno al verdadero impacto pandémico del coronavirus SARS-CoV-2, lo ha convertido en una leyenda urbana colmada de hechos conspirativos de toda índole. Todo ello ha degenerado en actos de histeria y paranoia colectivas y es por eso que se hace necesario hacer una pausa activa y reflexiva para evidenciar un peligro mayor que la propia expansión del virus, tal como sucedió con otras epidemias causadas por el SARS, el ébola, el H1N1, el MERS o el Zika y es el hecho de no saber gestionar nuestros miedos.

Pandemias de viruela, sarampión, tifus, cólera y peste negra han cobrado millones de víctimas. Esta última, mató más de la mitad de los habitantes de Europa a mediados del siglo XIV. Se ha comprobado que las pandemias psíquicas producidas por el miedo viajan más lejos y más rápido que las propias enfermedades infectando el imaginario colectivo. Según la escritora estadounidense Susan Sontag (“La enfermedad y sus metáforas”), mucho antes de que nacieran el internet y las redes sociales, muchas patologías endémicas históricamente inspiraron fantasías e infundieron terror como si hubieran sido grandes depredadores indolentes, crueles e invencibles. Ejemplo de esto, ha sido el desbordante y paranoico consumismo derivado de declaraciones de emergencia sanitarias errátiles donde “nos vemos obligados a creer en lo que (no) hemos creado”.

Estos criterios obligaron al sociólogo alemán Ulrich Beck a creer que, en este mundo globalizante, transitamos de una sociedad del riesgo a una sociedad del miedo. Filoterapeutas como Lou Marinoff o Jorge Bucay, diferencian el miedo del terror. Este último, al somatizarse, perturba la psiquis, paraliza y nubla la razón, trastorna nuestra percepción de la realidad y desorienta nuestro actuar agigantando el peligro, convirtiéndolo en amenaza y promoviendo conductas egoístas y mezquinas. Ese miedo tóxico contamina nuestro kárdex emocional; es el agente determinante de muchos comportamientos que lesionan nuestro ser bio – psico – social y nos vuelve vulnerables. Globalizada la enfermedad se torna perentorio hablar de una salubridad globalizada, es decir, la lucha por crear unas condiciones de vida más saludables y dignas para todos.

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