La eterna búsqueda

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Imperecederamente, desde épocas remotas y pretéritas, el hombre anda en la búsqueda inútil de la felicidad. Por doquier ronda la persistente lucha en un vano acontecer, en una quimera y utópica meta, en un objetivo indeclinable y arisco. Y en el decir de numerosos estudiosos de la personalidad, el carácter y otros elementos próximos a saber en quién o qué es posible un hallazgo tan trascendental. Siempre hubo el error y la equivocación manifiesta en la tentativa de salirse de la rutina y del desespero; en cuanto a no poseer el tino, la prudencia, la inteligencia conveniente, para entender la necesidad de darle un vuelco a la tuerca de la mente, en vías a enderezar el pensamiento y canalizar las ideas, a efecto de toparse, pese a lo temporal, con la dicha y alegría en algún momento del inusitado devenir.

El tema inquieta lo suficiente y permanentemente, hasta el extremo de percibir el cuestionamiento propio y de preguntarse infinidad de veces cuál es su significado, verdad y realidad. En primera instancia, es de recibo reconocer y advertir acerca de la variada y múltiple, serial, literatura al respecto, donde cada autor, celebridad o especialista, indica los caminos y ofrece lineamientos de diversa clase, en tratándose de obtener, así sea una pisca, esa circunstancia bien anhelada. Y en este preocupante aspecto, no resulta honesto negar la cierta y no poca insistencia en lograr, al menos, una ruta grata y segura, en tal cometido. Obviamente, es una pena, una falla y el olvido revelador de facetas elementales dentro de cuyas entretelas está la condición natural, las calidades, los principios y valores esenciales a una manera de convivir. Es crudo exclamar una vocación formal y transmitir de hecho, expresiones dicientes y equivalentes a terminarse corporal y espiritualmente, sin haber disfrutado un mínimo de ese estado idílico esquivo durante el paso y peregrinar en el universo.

Precisamente, en uno de esos tantos y maravillosos minutos otorgados y vistos en TED, coincidencia y afortunadamente, concordamos en la desazón y en la ilusión de ver algo nuevo o diferente al caudal de componentes estereotipados y nada convincentes. Es la conferencista Emily Esfahni Smith (1), disertando apropiadamente al punto y recomendándonos acudir a rasgos básicos de un comportamiento debidamente adecuado e idóneo en convertir en aproximación a lo deseado, aconsejando trabajar tópicos como el del sentido de pertenencia, sirviendo a los demás, a conservar fresco el propósito referido a un fin, pero singularmente a cambiar el chip de tener en la cabeza exclusivamente un estar, antes o anterior a lo del auténtico alcance de la vida. Es ahí el meollo del asunto, el quid de la incesante mortificación del sujeto, anteponiendo lo genuino de la discusión, a una frivolidad consistente en la traducción de bienes materiales, de bonanza, fama, la estridencia y el boato, intercambiándolos, incluso cediéndolos a costa de la misma existencia, además de entregarla a muy corta edad.

Lógicamente, es normal excederse en lo padecido y opinado, produciéndose de contera contradicciones y criterios sumamente alejados de la evidencia y de lo experimentado, generándose un conflicto interno y contagiando a una audiencia quizás madura y persuadida de lo evidentemente recorrido en lo privado e individual. Empero es agradable y saludable desconectarse de un monótono modo de proceder y de recrearse en depurar los conceptos de otras culturas y civilizaciones, en un prurito sano de aprender y de socializar los conocimientos adquiridos en escenarios antiguos y lejanos. Es un imperativo en un colectivo caracterizado y ocupado en lo físico, en el negocio, en trivialidad, ajena a una pequeña atención relativa a lo humano y anímico.
(1) TED. Septiembre, 2017.