La Comisión de la Verdad

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

No es precisamente la referencia a la respetada y cuestionada entidad creada dentro de los compromisos de la paz firmada, pero si un símil de lo pretendido con su objeto y finalidad. En lo íntimo, mediante convicción, honestidad y franqueza, la mentalidad incrustada en ese querer de indagar acerca de las razones y motivos que llevaron a los actores del conflicto, va más allá de una simple confrontación. El asunto no pasa exclusivamente por esos sectores de manera tan radical y extremadamente considerada.

La polémica es de fondo y de ribetes profundamente trascendentales y de inconmensurables consecuencias. Y esta afirmación tiene asidero en nuestra historia y tradición, en una forma asaz particular y especial en el manejo de las administraciones, en la dirigencia, en el proceder del Estado y de la sociedad, frente a los inmensos problemas existentes en el medio. Aquí nos acostumbramos a mandar, a dominar, bajo la égida de unos planteamientos demasiado crudos y rígidos, castigando de modo indiscriminado y haciéndolo en todos los tonos y clases.

Esencialmente, fuimos olvidando a las gentes y a las regiones, centralizando exageradamente, lo pertinente al régimen, a la estructura, a los organismos de vital importancia. Estuvimos y lo ejercitamos actualmente, sordos y mudos en relación a la conformación global de país y de nación, extraños, distantes, indiferentes, en lo concerniente a las comunidades donde hoy subsisten muy graves y agudas molestias. Es una constante y un eterno devenir ingrato, el tratamiento dado a unas circunscripciones, al parecer pertenecientes a otros lares, en la medida de no verse en parte alguna, la presencia de una gobernabilidad adecuada. De ahí la necesidad de una auto calificación de los actos individuales y cuál ha sido el rol desempeñado de cada uno de nosotros, como colectivo, familia, patrón o en el papel de habitante y de las obligaciones. La comisión de la verdad debe partir de una admisión real y efectiva respecto de los numerosos lunares y anomalías, compañeras inseparables de unas masas llamadas a participar en las elecciones, para luego ser precipitadas a un abismo insondable, a la penumbra y a la sima de sus propias miserias.

Quiénes hemos influido directamente o no, en un estado de cosas, derivando en núcleos de estudios encargados de resolver las complicaciones, cuando la tarea estaría en cabeza de los causantes del incordio. Lo ideal y lógico, conveniente y sano, estriba en la responsabilidad, en obtener una respuesta positiva en lo atinente a unas situaciones originarias de la reflexión. Es poseer la suficiente entereza y fortaleza en el cometido de concientizarse en haber mentido, en no pagar los salarios justos, en eludir las cargas, la cancelación de los impuestos, en reincidir en la incultura ciudadana, en el atropello, el abuso del poder, la utilización malsana de los demás, la connivencia y solidaridad en acciones deshonestas y criminales, en la continuidad de un comportamiento torcido y engañoso. Comulgando y apoyando salidas en falso, consintiendo en las inoportunas intervenciones de los interesados en detentar, sin corresponder a las afugias ajenas.

La ruta acertada a seguir, no consiste en poner una camisa de fuerza apuntada a los presuntos culpables, sino en permitir una expresión voluntaria y espontánea de aquellos encasillados en el tema. Es indispensable erradicar una metodología anticuada y vetusta, destinada a punir, a legislar política y equivocadamente en el sentido de imponer penas severas, en un alocado sistema marginado de la redención, el arrepentimiento y la intención constructiva de indemnizar moral y materialmente a quienes fueron mancillados. Es la exigencia de una modalidad diversa, empezándose en la educación y conmiseración personales.