La ciudad nos habita

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Hace 25 años nació una de las propuestas más ambiciosas que se le haya presentado a la sociedad civil colombiana. Con el liderazgo corporativo y el apoyo financiero de la emblemática Fundación caleña para la Educación y el Desarrollo Social FES y Colciencias, la participación de nueve universidades y la dirección general de Francisco Cajiao Restrepo y Rodrigo Parra Sandoval, hizo presencia en nuestro país el Proyecto Atlántida (1995), un estudio sobre la relación adolescencia – Escuela en Colombia. Los resultados de esta experiencia colectiva, histórica y exitosa de Investigación, Acción y Participación (IAP), fueron condensados en cinco textos memorables: “La cultura fracturada”; “Todo lo que nos gusta se evapora”; “La ciudad nos habita”; “El silencio era una fiesta” y “Adolescentes colombianos”.

Durante varios años, un grupo exaltado de aventureros (intelectuales, líderes juveniles, gestores culturales, docentes y estudiantes universitarios) y un ejército de diez mil adolescentes, se embarcaron en una odisea investigativa que se extendió a lo largo de 16 ciudades y 120 colegios. Estos argonautas con sus mochilas cargadas de sueños y esperanzas, intentaban explorar el exuberante y ardiente mundo de sus imaginarios y quisieron narrar en aquellas bitácoras pasionales sus historias de caso; escribir cientos de autobiografías; mostrar el dramático transcurrir de sus vidas y, a través de rimas y relatos vivenciales, trascribir en sus poemarios y a través de sus cuadernos de notas, todo aquello que les permitiese “expresar lo que vivimos y sentimos ante el mundo en el que nos ha correspondido vivir”.

Hoy nos ocuparemos del tercer informe. Su título (“La ciudad nos habita”), su presentación (“La tentación de explorar continentes sumergidos”) y su prólogo (“Calidoscopio de adolescencias”), lo resumen todo. El catedrático de filosofía Francisco Cajiao R. condensaba en aquel entonces y en apretadas y acuciantes palabras la intencionalidad de una propuesta al contemplar trémulamente la turbulenta y angustiosa llegada del nuevo siglo: la escuela no estaba preparada para cumplir su función; el adulto no convocaba a crecer y a aprender; la sociedad violenta en la que vivían cercenaba prematuramente sus sueños y nadie escuchaba las voces de miles de jóvenes que ansíaban mejorar ese mundo en el que les correspondió nacer… Muchos creen que ese diagnóstico sigue siendo el mismo.

Para la investigadora social Elsa Castañeda Bernal, integrante del Proyecto Atlántida, hablar del adolescente de los años noventa, significaba describir el sentir y pensar de individuos que consolidarían su vida adulta en el siglo XXI con ciertas particularidades: ser los hijos de aquellos adolescentes rebeldes de las décadas 60 – 70; herederos de la sempiterna cultura de la violencia que ha caracterizado históricamente a nuestro país; la segunda o tercera generación de juventudes urbanas producto del gran éxodo del campo a la ciudad; testigos, además, del avance vertiginoso de la ciencia y las TIC, la muerte de las utopías sociales, el enquistamiento de una economía neoliberal signada por el consumismo y el narcotráfico y una sociedad que globalizó la injusticia, la miseria y la desigualdad.