La calidad educativa al tablero (I)

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Por calidad educativa entendemos la relación integral, dialéctica y coherente entre agentes, componentes y factores de un sistema educativo con miras a satisfacer intereses, necesidades y expectativas de los miembros de una comunidad de hombres y mujeres, convirtiéndola en un escenario propicio para liderar sinergias y estimular el ejercicio proactivo y empoderador. En esta dimensión espacio – temporal se vuelve recurrente evocar las palabras perennes del pedagogo brasilero Paulo Freire: “Nadie educa a nadie, nadie se educa solo, todos nos educamos entre sí”. En esta materia debemos dejar de creer que se acabaron las preguntas y que ya tenemos todas las respuestas. Es imperativo aquí, reclamarle al Estado, la sociedad civil y a todos los sujetos que intervienen en el acto educativo, que asuman sus compromisos y responsabilidades.

Es necesario para ello, hacer una evaluación, integral, sistémica, permanente y muy humana de los resultados académicos y formativos que se han logrado y las medidas que se han adoptado para recrear esa realidad educativa. Una educación con calidad, cobertura y pertinencia se constituye, hoy por hoy, en un instrumento de movilidad y cambio social. Es la clave para asegurar y determinar el crecimiento integral de una comunidad en materia de progreso económico, desarrollo humano, sostenibilidad, ecoeficiencia y competitividad. Esto se traduce en indicadores de eficacia, mejoramiento y bienestar. Una educación con calidad se fundamenta en una cultura asuntiva de la solidaridad y la participación comunitaria con el fin de transformar las deprimentes realidades socioculturales y políticas que en la actualidad la agobian y la interpelan.

Al resocializarnos, reivindicamos nuestra capacidad crítica, creativa, innovadora y humanista y potencializamos fines, principios y valores que agenciamos como personas. Una educación con calidad convierte la praxis en un campo de acción transdisciplinario donde se (re) activan diferentes estrategias que, al partir de la interpretación personal y colectiva de hechos, actos o situaciones, evalúan, proponen y desarrollan intervenciones orientadas a transformar las dramáticas situaciones que viven sus agentes educativos; mejoran su desempeño y contribuyen a su desarrollo bio – psico – social de manera integral, contextual y compleja. Una educación con calidad nos conecta con la “aldea glocal”, aquella donde, según Al Gore, pensamos globalmente y actuamos localmente, esa misma que fue llamada por Peter Drucker en 1969, “la sociedad del conocimiento”.

Una educación vista así, proporciona un sentido teleológico, interactivo, histórico y muy humano; fomenta aptitudes y actitudes afectivas y efectivas, decididas y comprometidas hacia el aprendizaje personal y organizacional a través de la gestión del conocimiento, la gerencia estratégica y los procesos de mejoramiento continuo. Una educación con calidad incorpora una mixtura de signos, señales, códigos y canales situándolos en el mundo polidimensional de la escolaridad; establece entre las cosas y la gente relaciones de proximidad y resignifica nuestra realidad. Esta convocatoria a repensar crítica y propositivamente la calidad de nuestra educación, la podemos resumir en la proclama milenaria, sabia y vigente del pueblo maya condensada en el “Popol Vuh”: “¡Que todos se levanten, que se llame a todos, que ni uno ni dos entre nosotros se queden atrás!”.