Keynes: el mago frustrado

Alfonso Gutiérrez Millán
Columnista

El debate económico de los últimos 200 años ha girado a la sombra de tres personajes: Adam Smith, filósofo moralista que se propuso investigar las causas de la riqueza de las naciones y de paso sentó las bases de la economía moderna; Karl Marx, quien explicó la desigualdad humana por la explotación de unas clases sociales sobre otras y John Maynard Keynes, quien en los años 30 del siglo pasado estudió las recurrentes crisis del capitalismo y prescribió ciertas fórmulas, casi mágicas, que aún a regañadientes son utilizadas por bastantes gobiernos para hacerles frente o al menos mitigar sus consecuencias.

Keynes pensaba que los principales problemas económicos serían superados hacia el año 2030; cuando un evolucionado sistema capitalista estaría en condiciones de asegurar el pleno empleo y repartir equitativamente los beneficios del capital. Solo entonces la humanidad habría sentado las bases para sustituir las guerras y las revoluciones como principales medios de resolver conflictos políticos o sociales. El viejo Adán, que vive en cada individuo, solo trabajaría unas cuatro horas diarias o veinte a la semana. ¡Y el resto del tiempo: a disfrutar!

Todo ello se lograría aceptando que el poder estatal -y no el sagrado mercado-es el instrumento adecuado de regulación económica que debe hacer ajustes a dos cuestiones que Keynes consideraba de máximo cuidado: la propensión a consumir indefinidamente, y la obsesión por invertir para obtener ganancias desproporcionadas. Metas que aún estamos lejos de lograr y debido a ello se presentan crisis como la del 2008 o la del “coronavirus” por el crecimiento de un capitalismo tan salvaje que hasta fue denunciado por el Washington Post, que encuentra su mejor instrumento en el populismo de patanes económicos como Trump.

Keynes supuso que la humanidad aprendería de las crisis y las guerras mundiales. Pero es evidente que subestimó las dificultades que enfrentarían sus tesis: tanto el consumismo como la desaforada búsqueda de ganancias permanecen incólumes; y hoy en día son investigados no solo como problemas económicos sino de índole sicológica, sociológica ¡Y hasta filosófica!