Indígena

Lisandro René López Martínez
Columnista

El calentamiento global alcanza hoy niveles nunca vistos en la historia de la tierra. Un fenómeno que avanza a un ritmo incontrolable, hasta el punto de establecer la desesperanza en millones de seres que miran con pavor la fuerza inercial de una dinámica económica arrasadora que nada ni nadie parece poder detener.

Al mismo tiempo, en el mundo entero surge una diversidad de experiencias alternas al mercado, o con una hibridación que les permite diversos grados de autonomía al tiempo que una inserción en el mercado.

Entre ellas se manifiestan con enorme fuerza las experiencias de retorno a la vida indígena. Tales experiencias, que no son únicas, forman parte de un proceso contemporáneo: un movimiento cultural de jóvenes y adultos amigos que regresan a habitar los campos en “clanes”, como núcleos familiares o en pequeñas “tribus”. No quieren hablar en contra del sistema, ni de las mil formas de demoler el poder. Se han decidido a soñar otro mundo, y en ello trabajan cada día. Experimentan el placer superior de servir y de recibir ayuda de la comunidad en la que viven.

Estos colectivo se han alejado de la ciudad para escuchar nuevamente el silencio, sonreír con la lluvia torrencial que refresca la tierra reseca, o serenarse con el rumor del viento, el canto matinal de las aves o la polifonía de anfibios y de insectos que saludan el anochecer.

Celebran mingas semanales a las que acuden todos los miembros para brindar apoyo concreto a cada integrante. Se conectan con otras tribus por medio de redes de apoyo y colaboración. Ser otra vez Indígena.