Herejías

Juan Manuel Buitrago

Columnista

Dice la leyenda que al pintor Ingres le gustaba más su profesión de violinista que la de pintor que le dio fama y por eso al gusto por el fruto del cercado ajeno o por la mujer del vecino suelen relacionarlo con el gusto de Ingres por la música. Todos tenemos un violín de Ingres porque es bien sabido que por acaudalados o vanidosos que seamos existe actividad diferente a la nuestra que nos gustaría practicar y no podemos darnos ese gusto.

Me acordé de esa expresión por un incidente ocurrido al frente de mi apartamento en la parroquia del vecindario. No sé si una imagen del pesebre cobró vida o si alguien disfrazado de pastor judío se me acercó en la iglesia, lo cierto del caso fue que me prometió hacer realidad cualquier milagro si yo era capaz de justificar la petición con un escrito tan breve como un trino de twitter.

A mi edad uno ya no espera  la resurrección de la carne y la sola idea de vivir eternamente le resulta o imposible de creer o pavorosa como posibilidad absurda. No tenemos los viejos apetencias románticas ni ambiciones políticas y sin esas atracciones el dinero es un encarte. Sería  pretencioso o chiflis  pedir mejoras para el medio ambiente  o implorar la paz para países remotos. Sin embargo, conociendo el criterio celestial en materia de lo que más le conviene a uno, la posibilidad de dejar a su juicio el convertirme en leproso miserable como mejor vía para llegar al cielo me movió a buscar una petición.

He conocido personalmente ilustres personajes y a veces me asalta el dolor moral de no haber logrado estar a la altura de cualquiera de ellos. Conversando desprevenidamente con esos ídolos pude darme cuenta que todos tenían su violín de Ingres y nadie en realidad vive feliz con lo alcanzado en su vida por lo tanto de haber escogido una vida diferente a la que me tocó en suerte a lo mejor me habría ido peor  a como me fue con la ya vivida.

El verdadero o falso pastor  me puso una cara de qué hubo pues y escribí mi pedido y la prescrita sustentación. Quiero dejar de meterme en lo que no me importa y tener la sabiduría necesaria para identificar lo que realmente me importa. Esta petición es concreta y debería sustentarse por sí sola. Debo aclarar para diferenciarla del crudo egoísmo que cuando alguien requiera  con sinceridad una opinión  mía el asunto  dejará de ser ajeno pero ese interés circunstancial y pasajero terminará al ponerle  punto final a la  respuesta.

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