Extraversiones de un pandémico

Ernesto Zuluaga
Columnista

¿Que tú y yo estamos locos, Lucas?. La famosa frase de Chaparrón Bonaparte cae como anillo al dedo en esta época de encierro obligatorio que le enreda los pensamientos al más cuerdo y que hace rato nos produjo un corto circuito en las neuronas. Quizás sea el producto de mi demencia pero debo confesarles que he estado conversando mucho en estos días con “Migomismo”. Es entretenido el tipo este. Aunque divaga y hace elucubraciones extrañas —y hasta juraría que también está totalmente loco— debo aceptar que tiene una gran capacidad para pensar, leer y poner en tela de juicio todos los miles —o millones— de mensajes que le llegan a diario por whatsapp y por las redes sociales. Se divierte con cada nota que recibe y se exaspera y contesta afanosamente si atenta contra sus principios filosóficos.

El cretino me saca la piedra con sus fundamentalismos políticos: es “fan” enfermizo de Uribe, tiene una foto suya en la pared de su cuarto y otra de Trump en la parte interna de la puerta de su closet. Cuando le menciono a Santos me dice: “cállese o le pego, marica” y si le hablo del mono gringo me amenaza con bañarme con límpido. Incluso afirmó categóricamente hace unos días que Colombia necesitaba un Trump y Estados Unidos un Uribe, así los gringos tendrían un sisbén con cobertura para todos y nosotros un nivel de desempleo casi nulo. Me propuso que lideráramos la idea y tuve que decirle con delicadeza que yo tenía otras inclinaciones políticas a lo que me gritó: “cabrón, eres un mamerto petrista”. No sé si fue casualidad pero al día siguiente recibí un sufragio amenazante en el que me decían que si quería ser un “negro positivo”. Se me cruzaron los cables. No sabía si el autor era mi susodicho amigo —pues él dice quererme mucho—, un producto de su intolerancia o algún otro rabioso general de la república; la verdad es que hasta allí llegaron nuestras conversaciones políticas y nunca más he vuelto a hablarle del tema.

“Migomismo” tiene una mascota faldera; un perro feo de nombre Ubérrimo con el que juega todos los días a policías y ladrones. Él se le esconde y el cuadrúpedo lo busca afanosamente sin encontrarlo. Le permite, con una complicidad malévola, pasear orondo por el vecindario haciendo daños a diestra y siniestra y el bendito can se cree el presidente de la república y tiene sembrado el terror en el barrio junto con otros mastines.

Cada que salgo al parque para que mi perro haga popó, siempre en cumplimiento estricto de las disposiciones del alcalde, Ubérrimo se escurre por entre mis pies y sale corriendo en busca de “Aval”, su congénere preferido con quien recorre todos los rincones del barrio buscando camorras y alborotando a las demás mascotas. Los gatos y demás animales del conjunto tienen que esconderse para no sufrir los rigores guerrilleros de estos dos sabuesos. Esta semana el gato del vecino, “Bolívar”, apareció muerto detrás del basurero.

Supimos que habían sido Ubérrimo y Aval porque el felino fue encontrado vestido con botas y camuflaje, inexplicable práctica de estas fieras.
Durante este confinamiento me la he pasado conversando la mitad del tiempo con “Migomismo” y el resto con mi mujer. Ahí les dejo ese reto. Se le corre la teja a cualquiera. Cuando logro esquivar al primero la segunda me sale con que el coronavirus fue inventado por los chinos para desquitarse de Trump y sus aranceles y que hace varios meses tienen escondida la vacuna para ponerla en venta cuando todo el planeta esté infectado. Que ese será el negocio del siglo XXI y que por si yo no lo sabía me contaba un gran secreto: “Las Farc, Petro, Santos y el coreano ese que anda desaparecido ya compraron acciones de Chinofarma”. “Todos sus movimientos están fríamente calculados”.

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