En tiempos de crisis: leer

Alfonso Gutiérrez Millán
Columnista

Consejo de don Miguel de Montaigne, un caballero del siglo XVI que vivió 59 años prácticamente aislado en su castillo debido a las pestes y a las guerras civiles y religiosas que asolaban a Francia. Y para hacer efectiva su sapientísima recomendación tuvo a bien regalarnos con una colección de escritos “o ensayos” cuya vigencia supera ya los cuatro siglos y tal vez se extienda por otros cuatro ¡De semejante calado es su importancia humanística!

Aterrado ante constantes guerras, pestes, motines y sublevaciones confiesa que “la cosa de que tengo más miedo es el miedo, porque supera el poder de todas las demás”. Y revisando su miedo a la muerte se atiene a ciertos autores clásicos, encontrando sentencias como esta, del poeta Ovidio: “No se juzgue feliz el hombre antes de la suprema hora de su muerte”. Para continuar con Cicerón, quien, como buen estoico, afirma que el estudio y la contemplación “retiran en algún modo nuestra alma fuera de nuestro cuerpo y de nosotros, lo que es cierto aprendizaje y semejanza de la muerte. Por lo tanto, toda la sabiduría y discurso del mundo se resuelven en enseñarnos a no temer el morir”.

Como legítimo adepto del humanismo renacentista Montaigne no se muestra tan pesimista: afirma que en dichas manifestaciones hay “más testarudez y ruindad que las que corresponde a profesiones tan nobles… es obvio que, incluso en la virtud, el fin postrero de nuestras miras es la voluptuosidad. Me satisface refregar por los oídos a los filósofos esa palabra que les desagrada tanto y que, significa un supremo placer y excesivo contento”. Para terminar, sostiene que la muerte llega aunque no existan guerras, ni pestes y hasta en forma ridícula como sucedió con el autor trágico Esquilo, quien pereció por caer sobre su ingenioso cerebro una tortuga, escapada de las garras de un águila.

Y para superar miedos virtuales como los que sufrimos en este siglo XXI, Montaigne recurre a sentencias tan contundentes como esta, del filósofo estoico Séneca: “La muerte no nos afecta: ¡Vivos porque existimos … muertos, porque no existimos!”.

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