El virus de la estupidez humana

Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Más allá de considerar una epidemia producto de la acción de un agente (in) orgánico, microscópico e infeccioso, los científicos concuerdan al afirmar que un virus es una entidad química que no se reproduce ni se alimenta por sí misma; vive a expensas de los seres vivos, parece inofensivo y muchas veces pasa inadvertido. Hoy día, etólogos y humanistas también vestidos con bata blanca, están hablando de otro engendro sociocultural altamente contagioso y letal que se enquista en la condición humana; cohabita en silencio con los homínidos desde tiempos inmemoriales; está latente en el comportamiento de muchos individuos; se reproduce lineal o exponencialmente a costa de prejuicios y falsos raciocinios y se nutre de sujetos que se jactan de su sapiencia y libre albedrío. Estamos hablando de otra pandemia y es aquella producida por el virus de la estupidez humana

Muchos gobiernos con sus medidas sanitarias, intentan esconder sus caquéxicos e improvisados sistemas de salud y amordazan la opinión de epidemiólogos que denuncian la impotencia oficial para combatir epidemias tales como la influenza, malaria, tuberculosis y el ébola, plagas que cuentan en su haber con más víctimas que el propio Covid – 19. Científicos prestigiosos han develado los grandes negocios de empresas farmacéuticas que han dejado expósitos a miles de seres humanos (55 millones de niños no tienen acceso a la vacuna contra el neumococo). Gobiernos y laboratorios han sido indolentes frente a 18 epidemias que amenazan mortalmente a más de mil millones de habitantes en el mundo y no adelantan ninguna investigación sistémica e inoculadora porque, curar a una población pobre y vulnerable, para ellos, no es viable económicamente.

Son muchas preguntas que surgen en medio de la debacle. Las respuestas que se obtienen provienen de sujetos oportunistas y organizaciones que, al alimentar ese mórbido caldo de cultivo que es el imaginario colectivo a través de planes conspirativos, mitos y leyendas urbanas, rogativas y curas milagrosas, fabricación de artilugios, pócimas y placebos, ven en todo ello la dolosa posibilidad de fáciles ganancias y corruptelas agenciadas por fakes news, actos de falsa filantropía financiera o alocuciones gubernamentales demagógicas y populistas. Occidente, sumido en sus delirios hedónicos y consumistas, desestimó al coronavirus, la gripe aviar y el hantavirus que comienza a escalar la mortal curva, como gérmenes originados en los mercados populares chinos donde las tecnologías de punta conviven con formas extremas y dramáticas de pobreza.

Mientras tanto, la distopía desplaza a la quimera y se vuelve “viral”. Alimentada por determinismos climáticos, imagina al continente negro libre de plagas y vaticina ese día cuando miles de europeos huyendo de la peste, desde las islas griegas y Turquía y como tristes inmigrantes, intenten atravesar en barcazas el estrecho de Gibraltar y lleguen a las costas africanas vigiladas por drones e infantes de marina. En otro lado estarían las feministas alegrándose de que el virus, según ellas, atacara más hombres que mujeres; los hiperconsumidores llenarían sus alacenas con papel higiénico y tapabocas sin saber que este último lo deben utilizar médicos, enfermeras y quienes tienen defensas débiles por algún tratamiento profiláctico y los furibundos xenófobos nos recordarían los europeos del siglo XIV que culpaban a los judíos de los horrores de la peste negra. ¡Deja vu!