El tiempo

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Ah…quién lo pudiera refrenar, proyectar, manejar y dosificar. El mejor, el más, el idóneo, el adecuado y eficaz en la generalidad de las actividades del hombre. Capaz de ser el único apropiado en la manera de borrar ciertas y determinadas circunstancias, en principio difíciles de conllevar o de solucionar, ante la imposibilidad de impedir su ocurrencia. Juega un papel trascendental, desde luego, implacable, demoledor, es una furia, un vértigo, la culminación de las existencias, la finalidad de un talante, de un estilo, una época, una secuencia indefinible y en muchas ocasiones, el exclusivo asidero pragmático cuando sobreviene un naufragio moral.

En un comienzo, en la niñez, en la juventud, confiere un rol importante en la medida en que psicológicamente, al parecer, no fluye, nos hallamos anquilosados, aferrados, enterrados en el espacio, a causa de la ansiedad, de querer estar en el sitio donde discurren los adultos. Asoma inclemente, acosa, enerva y produce escozor, verse todos los días igual, como si no pasara nada, pensando en el estatismo de un calendario, de un reloj. Sin embargo el fenómeno contrario no da espera y arribamos a puerto, presuntamente seguro y el sentir es infinitamente diverso en lo referente a la modalidad surgida y a la realidad palpitante, porque desaparece la ilusión de ir a un punto fijado en metas u objetivos, logrados o no, frustrados o regularmente conseguidos.

Ya, aquí, se voltea la torta y la conclusión reflexiva y auténticamente deprimente, es el modo rápido, veloz, ese en un dos por tres del adagio popular. Es impresionante la forma de correr, no para, no es el de antes, disparando y dejando atrás numerosas cosas en el olvido, en el pesar, en la pena de no haberlas realizado, en la angustia del remordimiento o de la resignación. Lógicamente la afirmación de tratarse de una cuantificación, de calibrarlo a tono con las veleidades personales, no es así, no ofrece respaldo, ni fundamento, es solo un decir, una alocución metafóricamente invalida. Lo acertado en el tema, radica en las consecuencias y efectos de disfrutar de unas y otras situaciones, en un contraste de palmarias sensaciones, en las cuales la veteranía señala lo negativo o lo positivo de un transitar en este universo.

Al margen de las transformaciones inherentes a la condición de tal, de mayor, afloran unas de una calidad y categorías encomiables y de obligada mención. De todas ellas, superando aspiraciones, deseos o anhelos, despojados de la inevitable y contagiosa posición individualista y egoísta, es la atinente a la dimensión y mesura de lo externo, en particular de quienes giran a nuestro alrededor. De un momento a otro, empiezan a convertirse las confrontaciones de antaño, en trivialidades y en caprichos, permitiendo el paso incontrolable a la exigencia de un reconocimiento hacia los demás. El panorama es definitivamente distinto e indiscutiblemente asombroso, en cuanto algo interno constriñe en admitir en el vecino, el rango de excelente, cualquiera sea la oportunidad de una valoración.

Es grato, constructivo y satisfactorio, encontrarse en medio de un colectivo complejo, contradictorio, inquieto y duro de comprender, pero de un fondo incomparable, de una nobleza a fina prueba, de la vocación en el sacrificio y la solidaridad. En esencia, los de al lado, en la orilla del frente, tienen asiento los infranqueables y aquellos infaltables en la hora de la ayuda, del acompañamiento, de la fraternidad. Cronometrar la historia pública o privada, es recorrer un sendero adornado de rosas, salpicado de espinas hirientes y dolorosas, engorrosas en la asimilación, empero, es placentero y alegre hacer el intento, es divertido el volver a experimentar las controvertidas acciones de contenido ilimitado, al instante de encarar la crítica y el reproche.