El mundo sin combustibles fósiles

Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista

El uso masivo de los combustibles fósiles es muy reciente; el carbón mineral se comenzó a utilizar hacia finales del siglo XVII para mover las maquinas de vapor inventadas Watts, y el petróleo a partir de 1895 para mover los motores a gasolina. Esto coincidió con un aumento exponencial de la población que pasó de 1200 millones en los albores de la revolución industrial a los 6000 millones de habitantes que actualmente pueblan la tierra.

No hay una relación de causalidad entre el aumento de la población y el consumo de combustibles fósiles, pues influyen otros factores como la mejora en la salud publica, la tecnología agrícola e, increíblemente, la disminución de la violencia. Pero si hay una correlación con la disponibilidad total de energía, cuyo consumo en transporte, alimentos y otras necesidades básicas se estima en el orden de 2400 kilovatios/hombre /año.

Al multiplicar esa cifra por el numero de habitantes resulta un numero tan extraordinario que, si no fuera por el carbón y el petróleo, ya se habrían acabado los bosques que eran la fuente primaria de energía hasta cuando los reemplazaron los fósiles. Y a continuación se habría extinguido la especie humana, como les ocurrió a los habitantes de la isla de Pascua cuando quemaron sus arboles para hacer estatuas de piedra. Sin carbón y petróleo el cambio climático no sería un problema, pues no habría quien lo planteara. La alternativa de reducir el consumo de energía para limitar las emisiones de CO2 a la atmosfera no es realista; menos energía es menos alimentos, menos salud, menos educación, y menos humanos.

No es posible sacrificar la especie para salvar el planeta, por lo cual la solución está en el uso de nuevas tecnologías que permitan producir energía no contaminante. En ese proceso hay alternativas teóricas en cuyo desarrollo hay muchas personas comprometidas y enormes inversiones de capital. Como el proyecto ITER para el uso de la fusión nuclear, pero reciben muy poca publicidad, pues dar esperanza no respalda la protesta social ni populariza las conferencias que anuncian el Armagedón.