El médico de los pobres

Rubén Darío Franco Narváez
Columnista

“Si es un milagro, cualquier testimonio es suficiente; pero si es un hecho, es necesario probarlo.” Mark Twain, periodista estadounidense.

En Pereira muchos creyentes afirman ser testigos de los milagros que está haciendo el Siervo de Dios José Gregorio Hernández Cisneros; mientras lamentan las desgracias causadas a sus hermanos por el mandatario venezolano Nicolás Maduro.

Aquí, principalmente en los barrios populares, abundan supuestos ortodoxos que han levantado altares a la figura del médico que cumple un centenario de muerto y sus restos son venerados en el templo La Candelaria en Caracas.

Conozco que la terapia pragmática obra en las personas afectadas por distintas enfermedades. Sin embargo, puedo afirmar que son las mismas personas las que influyen sobre sus propias sanaciones. No habría otra explicación para milagros que dicen hacer personas que usufrutuan “la intervención del santo”.

Los que atienden estos consultorios, recomiendan estar a medianoche encerrados en sus cuartos, con una luz titilante, un vaso de agua para “San Gregorio” y con ropa dispuesta para “operaciones”. “Testigos” sostienen que al día siguiente, encuentran el vaso vacío, manchas de sangre y rastros de la intervención quirúrgica, sintiéndose completamente curados.

Soy católico auténtico; por eso, ahondando en los pasos de santificación, me permito citar que el proceso de canonización de José Gregorio Hernández Cisneros se inició en 1949 con trámites realizados ante la Santa Sede por el Arzobispo de Caracas, Monseñor Lucas Guillermo Castillo.

Es cierto que, en el transcurso, el Papa Juan Pablo II -el 16 de enero 1986- lo nombró “venerable”; pero, todo quedó ahí…porque ni siquiera ha sido beatificado. Y, paralelamente, quienes explotan su nombre hablan de “San Gregorio”.

En casi todos los almacenes religiosos de Pereira venden estampas, oraciones y lujosas imágenes del médico José Gregorio Hernández; además, como “ñapa” le obsequian las direcciones de los consultorios, oratorios de los negociantes y el costo por cada uno de los milagros.
Considero que los verdaderos milagros se producen para los bolsillos de quienes, aprovechando la ingenuidad de nuestros enfermos que, desesperados por incumplimientos de las Entidades de Salud, acuden a estos sitios donde ni siquiera la DIAN se atreve a gravarlos.

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