El humanismo fofo

Iván Tabares Marín
Columnista

Aunque el marxismo fue imaginado sobre una base materialista, dio un giro de ciento ochenta grados y se volvió estructural, cultural o verborrea hace apenas tres o cuatro décadas, después de sus reiterados fracasos. En su “ciencia”, las condiciones materiales o las relaciones económicas determinaban la organización social y la historia. Explicaba que la función de las ideas, la religión, el derecho, o la superestructura de una sociedad, servían para mantener las relaciones de producción. En una sociedad capitalista, por ejemplo, la religión y el derecho justifican y mantienen la explotación del obrero.

Muchas experiencias mostraron que ese análisis marxista era falso. Para decirlo en términos sencillos, recordemos que James A. Robinson, de la Universidad de Harvard, demostró que las instituciones democráticas (parte de la superestructura o ideología de una nación) permiten que la economía funcione y no fracase. Yuval N. Harari lo expresó en otra forma: los mitos, (ideologías o ideas) que convencen a un buen número de personas, generan nuevas religiones, nuevas organizaciones políticas o nuevas empresas. Algo parecido escribe Michel Onfray: “Las religiones hacen la historia”.

La mitología de nuestra sociedad burguesa, democrática y cristiana se constituyó sobre un mito central, que es la persona o el sujeto y un de Dios persona o trinidad de personas. Gracias a la proximidad ideológica entre el cristianismo y el marxismo, que prometían el mismo cielo en el más allá o en el más acá, muchos seminaristas, como Stalin o alias “Iván Márquez, y muchos sacerdotes, como Camilo Torres y Domingo Laín, se hicieron guerrilleros para transformar al “manso y humilde de corazón” en un subversivo Che Guevara de la Teología de la Liberación.

Vemos también a exguerrilleros en los últimos años de su vida predicando una filosofía muy parecida al cristianismo, al budismo, a la no violencia y a la ecología ideológica en un fácil juego de palabras para emocionar a los ingenuos. Del materialismo y del odio de clase se pasaron a vivir a la superestructura fantástica o a un marxismo fofo, como lo llamó Michel Foucault. Nuestra izquierda es la abanderada de la paz, después del excelente negocio político y económico que hicieron con el Acuerdo habanero. Sin recato alguno mezclan el desprecio por los burgueses que trajeron el virus de Europa con los derechos humanos de “mis niños” y “mis trabajadores” “asesinados” por la corta cuarentena de Duque.

Entre otros representantes del humanismo hipócrita, Foucault incluye los marxismos fofos, Saint-Exupéry, Albert Camus y Teilhard de Chardin; pero no conoció a José Mujica y a todos aquellos sacerdotes, cansados de dudar, convertidos en “youtubers” de última hora; tampoco conoció Foucault a los terroristas y violadores de ayer que quieren ocultar su fracaso en un sermón franciscano para captar los votos de los cristianos desertores de la misa. Los fusiles ya no dan el poder; las elecciones se ganan con falsas noticias, calumnias y el ridículo humanismo de utilería.

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