El ejército colombiano

Alberto Zuluaga Trujillo
Columnista

Hablar de nuestro ejército es un ejercicio que implica un alto reconocimiento al profesionalismo de hombres y mujeres al servicio de los más nobles empeños de la Patria y cuyo origen se remonta a la época de la independencia, pasando como Ejército Comunero en Santander por la década de 1770 y resurgiendo luego como Ejército Libertador en 1810 con ocasión del movimiento independentista, consolidándose en 1819 con la Batalla de Boyacá. Obtenida la liberación del yugo español, la Constitución de Cúcuta en 1821 creó formalmente las Fuerzas Armadas de la Gran Colombia, bajo la dirección de la Secretaría de Marina y de Guerra. Definido y establecido el moderno estado colombiano en la nueva Constitución de 1886, el artículo 120 le entrega al Presidente la atribución de dirigir, cuando lo estimare conveniente, las operaciones de guerra como jefe del ejército de la República.

Pero sin duda alguna, el momento que marca la profesionalización de nuestras Fuerzas Armadas es la reforma militar de 1907 llevada a cabo en la presidencia del General Rafael Reyes, creándose la Escuela Militar de Cadetes. Con la fundación de la Aviación Militar Colombiana en 1919, antecesora de la actual Fuerza Aérea, las Fuerzas Armadas de Colombia ya establecidas, pero pobres en equipamiento y pie de fuerza, a través de donaciones personales de muchos ciudadanos y bonos especiales ante la guerra con el Perú en 1933, recibe un gran impulso adquiriendo armamento, buques y aviones. Creado el Comando General de las Fuerzas Militares en los años 50, se concentran bajo su dirección las tres armas, convirtiéndose en el más alto nivel de mando de nuestras instituciones militares.

En razón del conflicto armado que hemos vivido desde fines del 50, nuestras Fuerzas Armadas han permanecido activas en defensa del Estado, ganándose el respeto y la admiración del pueblo colombiano. De ahí la preocupación nuestra por todos los escándalos que al interior de cada una de sus armas, incluyendo la Policía Nacional, se vienen dando de tiempo atrás. Los señalamientos de corrupción que involucran a generales muy cercanos a la dirección, sumado a los casos de falsos positivos relacionados con ejecuciones extrajudiciales, la expedición irregular de salvoconductos para porte de armas, las presiones para ascensos y nombramientos dentro de la rama mediante pagos ilegales, desvío de miles de millones destinados a su fortalecimiento, esquema de espionaje a periodistas y personajes de la vida nacional, minan la credibilidad de una institución que está cosida al alma de los colombianos.

Escuchar al propio Ministro de Defensa recordarle a 40 generales el compromiso con la grandeza alejada de mezquindades individuales, retrata de cuerpo entero la gravedad del problema que amerita la intervención inmediata del Presidente para que, haciendo uso de la discrecionalidad que la ley le confiere, produzca un fuerte remezón cortando de tajo el abultado tumor que está carcomiendo, no solo al Ejército sino a nuestras Fuerzas Armadas. No es éste un favor del Presidente para con nuestras fuerzas castrenses. No. Es su deber como Comandante Supremo.
alzutru45@hotmail.com

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