El árbol

Carlos Vicente Sánchez
Columnista

Les cuento una anécdota; en 1972, el alcalde de Pereira de ese entonces, Juvenal Mejía Córdoba, mandó a tumbar uno de los enormes árboles de mangos que había en la Plaza de Bolívar por solicitud de un importante periodista y gerente empresario de la ciudad, el señor Cesar Augusto López Arias. Dicho árbol, fue mandado a cortar con el argumento ridículo de que estorbaba la privilegiada vista que el periodista tenía desde la ventana de su oficina en el edificio de la Lotería de Risaralda.

Este acto provocó la indignación de una ciudad que no estaba dispuesta a permitir tales desmanes. Después de un largo escándalo que sin duda hizo perder réditos al alcalde nombrado, se sembró en el mismo sitio otro árbol de mangos, que cualquier transeúnte puede advertir hoy día, es más que pequeño que los demás. El alcalde Juvenal, padeció una suerte de culpa que según narra el historiador y ex alcalde Jairo Arango, trató de sanar sembrando árboles a donde fuera, durante el resto de su vida.

Hoy día se ha desatado una polémica porque un árbol fue abruptamente cortado en la calle 17 con cra 17 de Pereira para que al parecer pudiera verse una valla publicitaria que se instaló justo detrás del pobre árbol caído. La actual alcaldía, a través de su oficina de Parques y Zonas verdes aclaró que nunca autorizó que se cortara dicho árbol. Entonces tal acto fue perpetrado por un particular que, a espaldas de las autoridades, tumbó el frondoso árbol para privilegiar la vista de su valla publicitaria. Pero el efecto provocado es absolutamente contrario a los intereses de ese particular. ¿Quién va a querer ahora pautar en dicha valla? Dada la emergencia ambiental de estos tiempos que es a nivel global, una pauta en una valla con semejante antecedente, puede ser muy contraproducente para cualquier producto o empresa que en ese espacio figure, sobre todo con el cadáver del árbol al frente… Pobre publicista, ojalá siembre muchos árboles para sosegar la culpa.
El mercado no puede estar por encima de la vida, y aunque esta lucha cada vez parezca más perdida, los colectivos ciudadanos como Espacio y Ciudad siguen dándola.

Los que conocen Puerto Carreño en Vichada, a orillas del Orinoco, saben que ese pueblo consta de una sola calle rodeada de enormes árboles frutales. Antes no era así. Los indígenas que llegaban al pueblo solían entrar a los enormes patios de los grandes propietarios de la ciudad, quienes no se ahorraban una bala para ahuyentarlos, así lo único que buscaran los antiguos dueños del Amazonas, fuera comida y sombra. Por tanto, los ciudadanos, viendo la situación, decidieron sembrar cientos de árboles frutales que dieran alimento, sombra y vida a los indígenas. Convirtiendo esa larga calle en una de las más lindas que he transitado.
Ahora imaginen una calle rodeada no de árboles, sino de vallas publicitarias que dijeran: “valoren la vida, siembren un árbol…” nada más cínico. ¿No creen?