Educadores en tiempo de crisis

Neverg Londoño Arias
Columnista

Estamos frente a un inusual modo de aprendizaje: educadores, estudiantes y padres de familia se encuentran enfrentados a la realidad de una escuela extendida hasta los ámbitos del hogar que obliga al núcleo familiar a participar en los procesos pedagógicos. Lo placentero de la situación depende de una infinidad de factores: ambiente familiar propicio a la permanencia de niños y niñas en el hogar, armonía y estabilidad emocional de los adultos, espacios adecuados para el trabajo escolar, dotación mínima para la comodidad de los estudiantes y motivación de los padres para colaborar en las actividades escolares y tener una comunicación más constante con los maestros.

egularmente niñas y niños se sueltan en la puerta de la institución educativa donde se dejan guardados para ser cuidados por los docentes, mientras padres y madres salen a enfrentar sus rutinas de trabajo y hogar. Las relaciones entre estas dos instancias en el sector oficial, son tan esporádicas que obedecen solamente a atender un llamado de atención por indisciplina, bajo rendimiento escolar, inasistencia, o la reunión periódica para el informe aprovechada para quejarse de las dificultades de sus hijos y enfatizar sobre las incomprensiones de los maestros. En otros sectores la constante es la parte económica. Todo esto refuerza la necesidad de cambios que lleven a una revisión de la parte administrativa y comportamental de la escuela.

Las circunstancias actuales del sector educativo en Colombia no son tan poéticas como los medios tratan de presentarlas. Permanecer encerrados no es fácil. Los espacios ideales son patrimonio de muy pocos. Un alto porcentaje de estudiantes trabaja sin los medios adecuados en espacios estrechos, la cama hace de escritorio, “el diario” para alimentarse no llega y la carga del celular no alcanza para la segunda clase.

Cuando el hogar entra a asumir la función de la escuela, madres y padres no están muy satisfechos. Todo es tan macondiano que los docentes tratan de adaptarse a un estilo de trabajo diferente anhelando las comodidades del aula de clases y algunos colegios obligan a sus estudiantes a seguir los horarios de clase, permanecer uniformados frente a la pantalla y cumplir las obligaciones económicas pactadas.

De estos difíciles ambientes surgen héroes anónimos: educadores que enseñan a leer y escribir muchos lenguajes para abrir el mundo al conocimiento y estudiantes que toman esos aprendizajes para provocar las transformaciones futuras.

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