Ecología y ateísmo

*Antonini Jiménez
Columnista

Culminando el año 2019 se celebró en Madrid la Cumbre por el Clima favorecida por la acogida de la mediática y joven figura Greta Thunberg llegada en Catamarán desde América.

Al contextualizar el asunto la cuestión queda de este modo. Que la temperatura del planeta suba o baje no es debatible es una constatación de los ciclos históricos; sube y baja. Pero aún más. La época de glaciaciones y calentamientos no solo ha sido inevitable, sino también imprescindible para poder llegar a ser la especie que somos. Por ejemplo, los pozos de petróleo que alimentan el fuerte apetito de nuestro sistema económico es producto de lo que en un entonces fueron oscuros cataclismos geológicos, etc.

Por tanto, la preocupación por el medio-ambiente que azuza a los movimientos ecologistas no tiene que ver, como nos hacen creer, con un problema de nuestro planeta, sino con la arrogancia de querer ser como Dios. ¿No es acaso el verdadero temor de los ecologistas el hecho mismo de que el planeta es de facto indiferente hacia nosotros?, es decir, ¿que nuestra influencia sobre su futura sostenibilidad es absolutamente insignificante? Sólo así cobra sentido el contenido teológico del ecologista (ritos, convenciones, creencias…) donde una preocupación enfocada en creernos una mentira (podemos afectar el destino de la naturaleza) es más reconfortante que una dolorosa verdad (hagamos lo que hagamos el mundo nos trata con una profunda indiferencia). ¿Y por qué nos ocurre esto? Muy sencillo. Porque hemos desplazado a Dios del centro y asumido su rol. He aquí el problema.

El homo-ecologicus aspira a una conciencia universal pero no se percata que Dios es infinito y él una miniatura incompleta. Se preocupa por todo (derechos humanos, animalismo, ecologismo, feminismos, etcétera) y no arregla nada. Es profundamente contradictorio. Presume de una conciencia ecológica pero quiere pagar siempre menos por el precio de la gasolina; aspira al uso de energía “limpia” y alimentos “verdes”, y sin embargo, incrementa los desechos fósiles que posibilitan un consumo sostenible (acreditaciones de calidad, “denominación de origen”, “Green Branch”, etcétera). Lejos de reducir la contaminación el hombre ecológico la incrementa acelerando el crecimiento de aquello que cree simbólicamente atenuar. Con ello consigue ocultar la terrorífica verdad de fondo que lo horroriza; que nuestra supervivencia no depende de nosotros.
*Profesor Universidad Católica de Pereira