Días de cacerolas

Luis García Quiroga
Columnista

La historia es un tren de vagones cargados de luchas contra la opresión. Cuando uno va a Praga, los guías no pueden evitar la historia de los estudiantes asesinados en plena plaza en su lucha contra la opresión soviética. Contra una opresión política, presión social.

Es memorable el prohibido prohibir de 1968 cuando los estudiantes de la Universidad de La Sorbona hicieron morder el polvo al presidente Charles de Gaulle. Fue la fuerza de las ideas contra la opresión.

Son épicas las luchas de la juventud en México, Buenos Aires,Bogotá o en la plaza Tiananmén de China con un estudiante descamisado desafiando a un tanque militar, metáfora sublime de la presión social contra la opresión.
Parece inevitable que los partos de las batallas sociales se tiñan de sangre. Quizás por eso no se dispara contra la fuerza ruidosa de las cacerolas.

En Colombia es grande el portafolio de insatisfacciones que van desde la falta de oportunidades de estudio y trabajo digno para los jóvenes, hasta la incertidumbre de una pensión de vejez, pasando por el largo letargo de las crisis de la salud, violencia, inseguridad pública, desempleo, precarios ingresos, cambio climático y así, todos los males que se desprenden del despotismo económico y su hermana mayor la corrupción, entre tantos otros fenómenos que al final, son como ríos que desembocan al mar de la desigualdad y de la iniquidad.

Lo estamos viendo en las calles. Los jóvenes de este tiempo, saben exactamente, qué les espera porque todo está arropado por la incertidumbre que trae consigo la falta de oportunidades y la falta de un país que no huela a corrupción.

Los jóvenes sienten asco por los dirigentes corruptos. Los jóvenes no tienen confianza en la clase política ni en el los grupos económicos. Esa es la almendra del asunto que nos ocupa en tiempos de Internet, que propicia democracia informativa, lo que explica el rechazo y la indignación.

Tenemos un grupo de magnates dueños de conglomerados económicos, uno de los cuales está en estos días de cacerolas, en el ojo del huracán. Su dueño es el magnate Luis Carlos Sarmiento Angulo. Un hombre que se educó con los impuestos de los colombianos estudiando ingeniería en la Universidad Nacional. A él le encanta todo lo que venga de lo público: bancos, contratos, exenciones y hasta más.

Sin pudor, Sarmiento Angulo, figura en el puesto 123 de los más ricos del mundo, el mismo planeta en el que Colombia es uno de los países con mayor desigualdad social. Eso sí explica la presión social.

Hay que señalar la enorme responsabilidad política que le cabe al modelo económico colombiano que le permite al gran capital, acumular al mismo tiempo, riqueza y poder por el mecanismo de los conglomerados económicos.